• 6 mayo 2021

Mensaje de Hipócrates a los médicos

Mensaje de Hipócrates a los médicos

Había una vez un médico muy honesto. Vivía en la Grecia antigua. Su madre se llamaba Praxítela. Su padre y su abuelo, que eran médicos muy respetados, le enseñaron el arte de la Medicina. Nuestro médico, con disciplina y práctica rigurosa consigue un profundo entendimiento del arte de sanar. Su nombre era Hipócrates, un médico muy inteligente y con sentido común. Su escuela se basaba en la ética y en la deontología (del griego: – deón- deber, y – logía – conocimiento). Hipócrates dio muchas enseñanzas, pero su frase más popular era “Primum non nocere” o Primero no hacer daño. Después de estudiar muchos años y viajar por los pueblos practicando la medicina con honradez y sabiduría se hizo muy famoso y respetado. Para sus discípulos compuso un Juramento que incluso estos días se realiza antes de empezar la práctica médica.

En el Juramento para sus discípulos enseña:

Jura por Apolo, Esculapio, Higia y Panacea y pon por testigos a todos los Dioses y Diosas.

Establece el régimen de los enfermos de manera que les sea más provechosa según sus facultades, evitando todo mal y toda injusticia.

No accedas a pretensiones que busquen la administración de venenos, ni sugieras a nadie algo semejante.

Vive la vida y ejerce la profesión con inocencia y pureza.

En cualquier casa donde entres, no lleves otro objetivo que el bien de los enfermos.

Libérate de cometer voluntariamente faltas oacciones injuriosas.

Si cumplas con fidelidad el juramento te será concedido gozar felizmente de tu vida y profesión y ser honrado siempre entre los hombres. Pero si lo quebrantas y eres perjuro, caerá sobre ti la suerte contraria.

Así pasaron muchos años desde entonces. El respetado Hipócrates se murió con 100 años de edad.

Al poco tiempo, después de la muerte de Hipócrates, todo había ido cambiando. La avaricia, el beneficio propio y el poder han corrompido a sus discípulos. Su práctica ya no era tan pura y honesta como antes. Seguían teniendo el respeto y confianza de los enfermos, pero ya no todos los enfermos eran iguales. Los que tenían monedas de oro y plata recibían mejores curas, y los que eran más humildes, remedios poco probados.

Así, año tras año, ha ido degenerando la doctrina hasta hacerse irreconocible. Han ido apareciendo muchas máquinas nuevas y muchas pócimas, muchos discípulos, pero también más enfermos y más sufrimiento. Los discípulos son cada vez más ricos y los enfermos cada vez más pobres.

Los tiempos han degenerado tanto que han ido apareciendo plagas incontrolables, dolencias raras, aguas contaminadas y el aire con poco oxígeno.

A todo ello, el Gran Hipócrates lo estaba observando todo desde el otro lado del velo y cada vez estaba más triste y enfadado con sus discípulos. Y un día no aguantó más.

De repente, la tumba de Hipócrates se abrió y el gran maestro se elevó al cielo y empezó hablar. Su voz sonaba como un trueno y de sus ojos salían relámpagos. Todos los pueblos lo pudieron ver, y escuchar cuando exclamó:

Desgraciado discípulo:

Juraste por Apolo, Esculapio, Higia y Panacea y por a todos los dioses y diosas.

Me prometiste cuidar de los enfermos con honestidad y verdad.

Te ofreciste a aprender la doctrina de la Medicina.

Te enseñé el arte de sanar y respetar la libertad de la elección.

Invoco a todos los Dioses y Diosas.

Que se haga la justicia:

Tú que incumples la doctrina

Pagarás por tus obras

Sufrirás la caída

Perderás lo que obtuviste

Volverá hacía ti

Exactamente lo que hiciste.

Y en ese momento sonaron siete trompetas y el cielo se abrió e Hipócrates desapareció.

Esto es verdad y no miento, y como me lo contaron lo cuento,

Escritor anónimo

 

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