BOTONES A PUÑAL

Tantas veces la misma huella repetida en un botón, en el cual miles de personas dejan cada día también su rastro dactilar, es la metáfora más indecente del contagio. La anatomía del pulsador del ascensor de esta gran superficie planetaria, donde compramos compulsivamente los fines de semana, es redonda también en su pensamiento circular patrio. Suele ser el dedo índice el que escarba y presiona en las bacterias allí aposentadas, para, con su pulsación, obtener una previsible llegada, anunciada por las lucecitas de arriba y abajo. Dos flechitas plásticas que acompañan parpadeantes a esa protuberancia de acero que despierta un motor que, por defecto, desconectado duerme la espera. Un plano y friendly receptor de rastros sucios de secreciones diversas y sospechosas con el que nos relacionamos anónimamente como ciudadanos. La secreción es un proceso celular natural, en el que determinadas sustancias de nuestro cuerpo pasan de su particular citoplasma al universal exterior por simple ósmosis. Es nuestra comunicación más invisible, más continua y más inevitable. En ese botón que nos invita a decidir se reúnen en forma de diminutos mierdecillas zarrapastrosas para compartir las esencias de las gentes de las más diversas ideologías, credos, razas y ambiciones. Hay automatismos perores. Cada vez que me acerco a un excusado público a desparramar mis interioridades me pregunto si “lo emérito botón” es motivo de empujón, de clic, de leve pulsación o es un simple aditamento como el de la música que acompaña en estos lugares públicos nuestra inexcusable ventosidad añadida. Está claro que el “botón de todos” defraudó y regularizó 56 millones de euracos, que Zagatkacó y Lucumeó; que comisionó a cascoporro y que se piró de rositas con los babucheros meallantas. Lo que no tengo tan claro es si tendremos que cambiar el sistema del botón por el de las cadenitas antiguas, o modernizarlo y hacerlo más higiénico a golpe de clic por bluetooth desde el móvil. Corinna, siempre tan fina, se levantó de un solo toque de ratoncito-conejero la virguera cifra de 65 grandes de seis cifras. Creo que ella en vez de botón había encontrado la buena tecla, la misma tecla de la fama que usaban allá por los años 30 Rafael de León y Juan Solano: «Tres puñales, he comprado tres puñales para que me des la muerte «. Nadie como Poveda lo ha interpretado:

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Un Comentario

  • Brillante. Siempre con esa ironía inteligente y el broche de oro de Poveda.

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