A los blancos solo nos lloran los cocodrilos

ENTREPOCOS

eduardo toral

Eduardo Toral

Mi peor sorpresa de esta semana ha sido la muerte de un viejo compañero de la televisión guineana. Se llamaba Mundo. Ha dejado 17 hijos, 52 nietos y 12 bisnietos, además de una viuda entre sus varias mujeres. Me pregunto cómo un corazón puede albergar tanto amor y la memoria puede tramitar un lío de nombres y fisonomías tan complejo. Hace tiempo que se sabe que existen importantes diferencias en la percepción de rostros familiares y desconocidos, pero se ignora el número total de rostros que reconoce una persona, aunque los investigadores estiman que ronda los 5.000. Lo que seguro ni es ni será medible es la gestión del amor. ¿Podría Mundo QEPD querer por igual a todos sus hijos? ¿Podría ser equitativamente cariñoso con todos sus nietos? Sólo un negro de su talla y de su carácter podría moverse en ese laberinto con la fluidez que precisa la memoria para simplemente llamarlos por su nombre, sin dudar. Los blancos no tenemos esa retentiva desarrollada porque nuestro modelo de  sociedad nos ha hecho más distantes y despegados de la familia extendida: abuelos, tíos, primos y otros consanguíneos o afines. Los negros del Golfo de Biafra son muy cuidadosos con los parentescos y hacen bueno aquel viejo dicho europeo:  “parientes de mis parientes, mis parientes son” y lo mejoran con otro que dice: “la unión en el rebaño obliga al león a acostarse con hambre”. A mi apreciado amigo la tierra le será leve porque le habrán llorado muchos.

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