Combatiendo el coronavirus de Erasmus en Bratislava

De repente, el sueño de mi vida ha dejado de durar nueve meses para durar solo seis. Llegué un viernes 13 de septiembre a Bratislava con la certeza de que nada saldría mal durante mi Erasmus, al menos no al nivel de vivir una pandemia mundial que desencadenase una cuarentena en mi residencia.

Irónicamente, he dejado mis huellas en 13 países, pero mi mirada ha quedado en muchos otros… Mi familia del Erasmus ahora está repartida entre Bratislava y España por miedo. Miedo a este virus que desde fuera parece un huracán. Tan pronto se detectaron casos en España, hicieron maletas y sacaron billetes por temor a un cierre de fronteras. Yo tomé la decisión de quedarme. No sé si hice bien o mal, lo que si sé es que mientras en España hay 28.603 infectados y 1.756 muertos, en Eslovaquia tan solo se registran 178 infectados y 1 muerto. La diferencia me convenció. Lo hizo pese a estar lejos de los míos, de las condiciones sanitarias de mi país y de la seguridad que ello me proporciona. Sin embargo, aquí actuaron más rápido y de forma más inteligente. A día 9 de marzo, con 0 casos, ya cerraron todas las instalaciones escolares de todos los niveles y en los aeropuertos ya se tomaba la temperatura a todas las personas. Las medidas más estrictas vinieron después: los procedentes de Irán, China, Italia o Corea del sur se someterían a una cuarentena de 14 días obligatoriamente. A esto se añadió la reducción del transporte internacional ferroviario y de autobuses, el cierre de hoteles y restaurantes, la obligatoriedad de llevar mascarilla y, finalmente, el cierre de fronteras. No se puede comparar la población de Eslovaquia (5,5 millones) con la de España (46,7 millones), pero creo que algo más podríamos haber hecho… seguimos despegando y aterrizando sin ningún tipo de control sanitario, ¿así es cómo se pretende una mejora?

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Hasta ahora sabemos que mi Erasmus en Bratislava empezó un viernes 13 y que he conocido 13 países. Si seguís sin creer en la mala suerte, esperad a leer esto: mi cuarentena empezó el viernes 13 de marzo. No he sido consciente hasta que lo he escrito. Casualidades o no, aquí me encuentro, después de diez días en una residencia, con la incertidumbre de que en cualquier momento uno de nosotros pueda coger el virus y nos dejen aislados en nuestra habitación durante 14 días.

Aunque eso es algo que puede pasar, mi situación actual no es tan dramática. De 1.300 personas que puede haber en mi bloque, quedaremos unas 70. Podemos salir y entrar siempre y cuando rellenemos un papel al entrar con los siguientes datos: nombre, de dónde vienes, cuándo regresaste de otro país y de cuál, cómo te sientes. Desde ayer ya no es solo esto, ahora también nos toman la temperatura al entrar. Sinceramente, intentamos salir para lo mínimo, pero aquí no disponemos de cocina privada, salón o terraza. Además, todas las zonas comunes están cerradas, por lo que o te quedas en la habitación o te quedas en la habitación. Es por eso que nos permitimos salir al campus a hacer algo de deporte o a comer un helado en compañía, si es que hace sol, porque aquí escasea un poquito. Aunque, en verdad, los pasillos se han vuelto zonas comunes. Saliendo de tu habitación puedes encontrarte a unos cuantos haciendo clases de zumba, a otros tantos jugando al fútbol y, si te asomas un poco hacia la izquierda, a algunos haciendo tortitas en la cocina.

Nos dicen que evitemos estar los unos con los otros, pero lo cierto es que resulta un poco duro, lo hemos estado haciendo desde el día 1… De ahí la familia Erasmus. Matamos el tiempo como podemos, jugando al “stop”, cocinando nuestras primeras lentejas caseras, perfeccionando nuestra tortilla de patatas, haciendo nuestra primera clase de yoga, reorganizando el cuarto como se puede (dentro del espacio que hay), escuchando los pajaritos al atardecer, haciendo videollamada con esos amigos o familiares que tanto echas de menos, enfadándonos jugando al parchís, barriendo tres veces al día el mismo metro cuadrado, devorando ese libro que el ritmo del Erasmus te ha hecho empezar unas cinco veces porque perdías el hilo o viendo esas películas clásicas sujetas a preguntas como ¿a ti no te gusta el cine, no?

¿Es duro? Sí. Bastante. Como lo es estar encerrado en tu casa en Madrid. Sin embargo, siempre hay algo positivo. Aquí al menos no nos da tiempo a cansarnos de nuestros padres… Aunque, en este momento, ojalá pudiera abrazarles. Ahora, más que nunca, aportemos nuestro granito de arena, la sanidad lo necesita y nuestras familias también.

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