EL BOINAS

Lope de Vega se refería a “la cólera del español sentado” como arquetipo de las exigencias de un público, que, por el modesto precio de una entrada, pretendiera asistir a un drama que lo abarcara todo. TODO. Pero el todo, es inabarcable e inconmensurable, y eso lo saben bien los políticos que inundan nuestra mente con sus insubstanciales peroratas. Por eso nos repiten la NADA hasta la saciedad. Entienden que en la repetición se cimenta el éxito de su mensaje. “No hay -NADAS- inocentes”, me dijo mi viejo amigo “El boinas”, encendiendo su pitillo. (Boinas es un sabio al que cuento mis cuitas y consulto mis dudas existenciales, porque, desde su bien cultivada ignorancia, siempre tiene un sensato remedio argumental). En plena resaca de las elecciones, me llevó el tema del mañanero vermut a la micropornografía. Me explicó con pelos y señales como sería la parte más pudenda de nuestras elegidas y el volumen de la excitación de los órganos reproductores de nuestros elegidos. Visto a través de su microscopio, con rudimentaria óptica de culo de vaso, no se diferenciaban mucho los unos de los otros, salvo en un sorprendente rasgo: la tapa. Los líquidos jugos de uno eran con tapa y los otros eran servidos escuetamente: “a palo seco”, argüía mientras se peleaba con la aceituna. Y claro que la gente optaba por aquellos que regalaban esa tapa y daba la espalda a los que no acompañaban un platillo que hiciera colchón al erótico bebedizo. La dinámica natural del poder gasta estos tragos. “Lo gratis, si es barato, es la mejor de las herramientas de marketing”.  Pero, ocultaba el viejo, que estas rondan las pagamos todos, absorto como estaba en la parte puramente sicalíptica y picantona del asunto, en la que él barajaba el resultado como alguien que jugase de farol en un black jack  al TODO O NADA.  No tiene mi amigo la cólera del español sentado, eso está claro, porque él es muy retieso para su edad, pero ya le han sacado los panzudos cerveceros de la barra del bar, y tendrá que rendir cuentas a su cuidadora de un manchón de grasa indisoluble en su camisa -justo en la izquierda-, a la altura del corazón. La tapa suele ser muy pringosa en estos bares de barrio obrero. En los barrios con clase son más de “racioncitas a la carta” y servilleta de lino.

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