El desasosiego de los confines

Eduardo Toral

Eduardo Toral

Hambre, frio, miedo y muerte desvelan el corazón más duro en esa fea frontera entre Bielorrusia y Polonia. Y nos hacen más desanimados, todavía, las noticias de esos atrapados en tiendas de campaña -presos de una poderosa red de tráfico de personas-, que las convierte en peones de una partida que nunca supusieron ni desearon jugar. La piel destrozada entre alambres de espino, y porras de cuero bielorruso, ya no sostiene huesos ni carne, y solo envuelve carnales jirones de desventura. La emergencia es televisada con un sobrado lujo de detalles. Varsovia y Minsk, por lo visto, hablan pausadamente por teléfono sin entenderse, mientras mujeres, ancianos y niños soportan una crisis inhumana. Los hombres se pelean la entrada al “paraíso europeo”, jugándose desesperadamente la vida contra las vallas, que estrangulan sus diminutos sueños de pan y agua, mientras el presidente Andrzej Duda, en Varsovia, justifica sin despeinarse las barbaridades de sus policías: “Son acciones agresivas que tenemos que repeler en cumplimiento de nuestras obligaciones como miembros de la Unión Europea”. Se vulnera la Convención de Ginebra, como quien tira un pedo sin testigos y al olor de esa flatulencia revuelven su vergonzosa Mascarilla Total SpringFit FFP3V dando la espalda, Von der Leyen y un puñadito de ONGs. La primera se planta un moño a la moda y los otros se pillan “algo frio” en vaso de campaña. Tensión y futuro bajo cero para sirios, afganos, iraquíes y otros géneros, personas con familia, con niños pequeños y con abuelitos artríticos. Mas de 10.000 iraquíes, por sacar un grupo del montón, atrapados en tierra de nadie, a los que las buenas gentes polacas socorren con pan y agua. Kurdos que se han jugado todo a una tramposa carta, que está escondida en una baraja trucada. Seres humanos comunes y corrientes viviendo un infierno tan cruel como imprevisto, en una franja de dolor fronterizo. Un Babel caótico a la espera de resolución imposible, desde el ángulo más miserable de la naturaleza humana. Una deplorable decisión, que ha sido capaz de utilizar experimentos de migración vivos para mantener una zarrapastrosa postura política, inconcebible para este siglo XXI tan convulso como necesitado de gestos solidarios. Ese ya exhausto paso por Polonia de kurdos iraquíes y otras patuleas segregadas por Afganistán y Yemen, de esa trémula esquina del mundo hacia una ansiada Alemania, donde se encuentra mediopensionista el imaginario de una próspera nueva vida, se ha colapsado. Los malditos traficantes han llenado sus bolsillos con un cuento de penoso final en Brandemburgo, Mecklemburgo-Antepomerania y Sajonia. Putin, mientras, dice que “se la suda” y que “se fuma un puro”, y ese humo macarra nos trae a la memoria el pasado mayo, cuando Rabat regó nuestras costas con 8.000 desgraciados marroquíes en un sur de España, que las derechas quieren convertir en racista o al menos intolerante con estos pobres burlados emigrantes. Sirvan estas líneas, también, para recordar que, por ejemplo paradigmático, en Turquía la Unión Europea sufraga los gastos de casi cuatro millones de refugiados. ¡Vaya mierda de comienzos de siglo!

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