El yayo Biden

El envejecimiento es el principal desafío social de España para las próximas décadas. Los avances médicos y el sistema de bienestar han alargado nuestra esperanza de vida a los 83 años. Los demógrafos y sociólogos se despelotan de la risa hablando de los mayores de 70, y confrontan diferentes opiniones sobre la edad supuesta en la que uno entra en vejez. La gran mayoría habla de una frontera ancha entre los 65 y los 70, lo que representa una horquilla amplia de “mucha edad”, como paradigma subjetivo del oscuro destino demográfico que amenaza (según los más estúpidos catastrofistas de salón) la pirámide de población, haciéndonos temer arbitrariamente por la salud del estado de bienestar. Es sabido que “la ancianidad” es un verdadero reto global y que el estándar de la calidad de un país se mide por cómo trata a sus mayores.  Yo, que estoy ya de grumete en esa barcaza de los abueletes capeando el temporal con la buena fortuna de pertenecer saludablemente a ese 20% de la población mayor de 65, me asusto de las comparaciones con otros países europeos y me asombro del pueblo americano que está en el brete de colocar de presidente al señor Biden, un tipo que peina 77 canosos años con la sonrisa de un adolescente. Aquí ninguna empresa lo contrataría. Biden representa el triunfo de una edad provecta, que todos creíamos arrinconada en la esquinita de los inútiles jarrones de adorno, y que, según los americanos, tiene todavía mucha tela por cortar. Cumplirá 80 años dentro de su mandato y no sé si será más apropiado desearle lo mejor de lo mejor por WhatsApp; regalarle unas sopitas con buen vino para celebrar su triunfo vía Amazon Prime o agradecerle su éxito con una azul multitudinaria manifestación viagrosa de la tercera edad, que elimine de nuestra vista la oprobiosa figura de ese desaforado Trump que nos encogía los ánimos.

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