Érase una vez una patria

Recuerdo la primera vez que decepcioné a mis padres, la primera vez que ellos me decepcionaron a mi,  cuando, sin querer, decepcioné a mis hermanos (maristas), como me decepcionaron mis primeros amigos, inseparables, y de qué absurda forma los decepcioné yo a ellos. Me estremezco todavía  en el abismo de la lagrima fácil al recordar  la  demoledora decepción que supuso para mi el abandono con el cual me premió mi primer  gran amor. La  puta decepción ha sido la  constante más constante de mi vida social, laboral y anímica. Sobre el cadáver de estas creé mi caparazón , el salvavidas que me defiende de todos y a la vez de  mi mismo. Es  una buena defensa tener una boya de este porte siempre a mano. No te garantiza salir indemne de las  feas estupideces  que la vida te propina sin tino, pero te da el respiro de la feroz  experiencia indemne. Ayer, un buen amigo me dijo, sin venir a cuento, que era  patriota. Y le pregunté que de qué patria. Y me contestó que de España. Y le pregunté que de cuál de las Españas. Y me dijo que solo hay una España. Y le pregunte entonces si de aquella que nos enseñaban como grande y libre bajo las alas de un pollo con garras. Y me dijo que yo era un gilipollas con  argumentación  torticera. Y por fin, consumada la decepción y frustrado el conato de educado intercambio dialéctico de pareceres, lo mandé con mi decepcionante elegancia a tomar por el mismísimo culo.  No sé en qué grado de cicatrización tendrá su argumentario tras este fiasco temperamental. Tampoco me importa. Mi escudo sirve  también para situaciones de este calado tan chauvinista colmo letal. Mi patria es y será el juego de libertad mas jugado de mis nietos y lo armarán y lo desarmarán naturalmente sin tanta tontería proselitista de rebaño, sin tanto cuento y sin tanta vehemencia. Algún día les regalaré la oreja con aquella lapidaria frase de  Lamartine: “Solo el egoísmo tiene patria. ¡La fraternidad no la tiene!”.  Si no me descuido, si se lo hago saber en cuanto lo puedan entender los tres, seguro que será  una de sus primeras  estupendas decepciones. La siguiente será la bandera que algunos llevan en la mascarilla, que es ese objeto  más allá del COVID que tapa con mayor entusiasmo los rostros avergonzados de tanto perdonar que algunos se consideren, sin derecho, sus propietarios legítimos. Lo que no alcanzó a vislumbrar es si la considerarán una decepción propia o ajena a la patria.

PD.- ¡¡¡Yo soy español, español, español!!!De León.

 

 

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Un Comentario

  • Brillante descriptivo como siempre que leo algo de Eduardo Toral, valiente y narrativo,te hace pensar que podías haber sido tu el protagonista de su historia.

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