• 7 marzo 2021

IRREGULARES Y CORRIENTES. 

IRREGULARES Y CORRIENTES. 

      Las palabras en su boca siempre sonaban a nuevas, y en su sonrisa cabían diez cucharadas de dulce nepalí. Sus sinceros ojos eran de animal perseguido, y en ellos reposaba asustada en alerta la imagen congelada del emigrante sin papeles. Tenía un manicomio portátil entre ceja y ceja, donde trataba su enfermedad anímica con sangre de rata de alcantarilla; (así llamaba al cartón de vino), que consumía cada semana para calefactar su cuerpo por las noches en la pensión, que compartía con un jardinero dominicano cojo. Ese universo en expansión, ridículamente enorme, le había poseído con sus enfermizos calores. Las estrellas del cosmos portátil, que descansaban en su bolsillo, dispuestas a ser luz y guía de lejanos parientes, navegantes de fortuna, se habían apagado. Solo le quedaba esperar que su licencia de rider fuera renovada para poder realquilarla y adquirir la meritoria categoría de falso autónomo reconocido. Era moderadamente feliz en su desgracia. Entonces fue cuando el camión curvó su trayectoria y lo enfrió de un resuelto golpetazo contra el asfalto. En la caja amarilla llevaba una hamburguesa premium que debía entregar a solo 200 metros del accidente que le quitó los dolores, las hambres y la angustia. El cliente, un joven legal autónomo de la telefonía móvil, olvidó llamar a la franquicia de la famosa fastfood para reclamar su cena y estuvo chateando en plan tostadora con una “tindernauta” hasta muy pasada la madrugada. Al recordar su vigilia se fue a la cama -muy enfadado-, tras lavarse las manos y tomar un par de yogures- a punto de caducar-, con una manzana pelada y oxidada. “El servicio a domicilio de comida basura deja mucho que desear” le había dicho su amiga, la maciza influencer estilista del ático: “sus destartaladas bicicletas no son puntuales, y me temo que no es un transporte cabalmente higiénico. Además, suelen faltarle la mitad de las patatas fritas. Estos putos mataditos de hambre se las roban para zampárselas entre semáforo y semáforo”. El conductor del camión, también emigrante, hondureño, en la comisaría, mientras terminaba el papeleo del atestado, acuciado por el apetito, se pidió una pizza con mucha mozzarella y nada de tomate, para cenar a las 12, 45 de la madrugada.  Se la transportó hasta  el interior profundo de las dependencias policiales un negro de Zambia que lleva 14 años en Barcelona, tiene moto propia para el servicio y está casado con una marroquí con la que ha tenido tres hijos varones. Ella trabaja de freganchina- cocinera en un wok coreano. Son esta pareja muy queridos y respetados en el barrio de Horta Guinardó donde viven y colaboran activamente con una ONG, dedicada a la manutención de indigentes catalanoparlantes. La vida sigue irregularmente corriente para el perrito mil leches que se comió el envió de 4 euros, junto a una papelera recién tuneada con carteles del 14F en la calle Balmes, donde cualquier parecido con la realidad es una rebuscada y falsa coincidencia.

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Un Comentario

  • Brillante,actual con toques de surrealismo mordaz transporta al lector a los escenarios donde se sitúa la acción, muy buen dominio de recursos literarios.
    Me ha encantado.

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