• 18 abril 2021

LA ÉPICA RESISTENCIA DEL DÍA A DÍA.

Hoy comenzaré mi cita semanal con una prosa poética que me ronda la cabeza, me molesta y me inquieta. La escribí justo antes de ver los premios Goya.

    Respirar hondo y ver como suda el amor fósil.

    Abrir la mente hasta que se caiga el cerebro al suelo

    y se produzca una sinapsis con la tierra.

   Extender las manos como si pudieran sujetar el universo por los pelos.

   Construir un castillo en el aire con todo lo que sobra.

   Dibujar un mapa nuevo del futuro con el árbol genealógico de las estrellas.

   Cantar a media voz una nana perenne

   con voces de gato en los coros y pájaros en los puentes.

   Soñar que un mar se agita proceloso en un dedal de cristal de Bohemia sin derramarse.

   Volar desnudo y despacito, sin alas y sin fronteras, más alto que los vencejos.

   Comer un huevo frito sin cuchillo ni tenedor

   mojando pan a chorrete en la CAPILLA SIXTINA. 

   (También sirve comer el músculo o las vísceras de un animal hervido,

    en olla a fuego rápido, en el ábside de la catedral de León.

   Hacer de -nada y menos- la principal necesidad de la vida: por vocación.

   Descubrir a los incrédulos que la definitiva hora de la verdad

   dura menos de un segundo en su deteriorado reloj. 

   Todo eso puedes hacer si eres imaginativo,

   te cabe la suerte en un bolsillo,

   sabes que el tiempo siempre trabajará en tu contra

   y tienes claro que descender a las alturas del mundo

   es solo patrimonio de los dioses más imbéciles, de la televisión y del cine.

 Todo ello tiene que ver, aunque no lo parezca en una primera lectura, con la obsesión de la sala oscura, la caja tonta, y sus diferentes estadios líquidos y gaseosos. “El cine es una pasión inútil” diría Sartre tras vilipendiar al hombre con el mismo argumento desolador. El cine es nuestro principal sueño recurrente con el cual conseguimos sumar vidas a las que ya vivimos. (La luz de la pantalla nos ayuda a sobrevivirnos y a ser mejores). Hay gentes de buen corazón y de buen oficio que opinan así. Antonio Banderas y María Casado se enfrentaron a la gala más difícil de todas: una gala sin público. Y lo hicieron sobresalientemente bien, en un decorado hermoso y cambiante, arropando cada premio con maestría, sensibilidad y elegancia. La prensa no ha saludado convenientemente su esfuerzo y nos ha regalado, por el contrario, una inabordable colección de modistos, una banalidad actoral tras otra con toques glamurosos de colorinchi y una “torpetona” promoción de lo galardonado. Sirva esta columna para felicitar a todos los trabajadores de esta gala por su buen hacer, también para hacerle un guiño cariñoso a la televisión pública por programarnos este generoso y acertado espacio alejado de los rastreros tratamientos de otras cadenas. Cuando Goya pintó el cuadro de “Saturno devorando a su hijo” se anticipó a esta gala número 35, me dijo un amigo con el cual conversaba sobre esta injusticia de los medios para con “los del cine”. 

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