• 1 julio 2022

LA ÚLTIMA NOCHE DE MI MADRE

Me gustaría compartir con vosotros uno de los sucesos más importantes de mi vida, y que no es otro que el de ver morir a una persona, a mi madre, María del Tránsito Fernández González. Pero dejadme primero que haga unas ligeras reflexiones que me permitan mostraros en qué estado anímico me encontraba.

Foto María del Tránsito
María del Tránsito

Para empezar, decir que la muerte es un fenómeno que nos pasa a todos y sin embargo vivimos de espaldas a su existencia. La ignoramos, la ocultamos, nos mofamos incluso cuando hablamos de ella. Los hospitales están llenos de muerte, y en las residencias de ancianos acecha por doquier. Pero eso sucede allí, en recintos acotados y aislados,nos gusta pensar.

El chófer que me llevó al entierro de mi madre, fui en un coche de duelo, me dijo que en el cementerio de la Almudena, en Madrid, hay más gente enterrada que en la propia ciudad. Impresiona entrar en ese cementerio, en el que por cierto hay excursiones turísticas, lo que me parece bien. Debería prodigarse la cultura de la muerte. Sería bueno que hubiera una Universidad de la Muerte y que nos incentiven para que acudamos con interés a sus aulas. No debería ser obligatorio sino necesario. Habría que premiar a aquellos que quisieran meditar, esa sería la primera asignatura: meditar, parar la mente, detener el torrente de palabras e ideas que impiden que gocemos de nosotros mismos, de nuestra propia inteligencia y conciencia. Sí, en esa universidad aprenderíamos meditación y a enfrentarnos a ese momento mágico o fatídico, depende quien lo valore. Vivimos para, inexorablemente, morir, así que por qué no dedicarle en sus aulas un tiempo al último aliento, al adiós definitivo. Descubriríamos las mil y una maneras que hay de viajar al más allá, y también lo que podríamos encontrarnos al otro lado, lo que nos espera: paraísos, infiernos, vacío, energía, nada, silencio, oscuridad… Volveríamos a reencontrarnos con las las mitologías, las filosofías…

En esta universidad podríamos conocer todas las creencias religiosas, espirituales, todos los descubrimientos científicos relacionados con la muerte, todos los estudios, proyectos e investigaciones que se realizan para tratar de retrasarla, de evitarla y hasta de superarla, todo lo que la psicología aporta para que quienes van a morir – hay muchas personas que conocen la cercanía de su fecha de caducidad al contraer determinada enfermedad -, lo hagan lo más tranquilos posibles. Debería haber neurólogos y psicólogos especializados en ello, como hay pediatras especializados en niños y gerontólogos en personas de mucha edad.

El objetivo de esta universidad es el de llegar bien pertrechados al instante final, controlando la situación, sin miedo, seguros, sin angustia. Lo sabríamos todo de la muerte así que sabríamos cómo tratarla cuando nos visite. 

¿Cómo trataría a mi madre la de la guadaña?, me preguntaba. Cada vez que entraba en su cuarto, donde mi madre yacía agonizante en una cama, me preguntaba qué podría decirle que la aliviara de la tensión que vivía y cómo podría acompañarla hasta las puertas de la muerte. Eran como las 10, teníamos la noche por delante. Preguntando aquí y allá qué podía hacer me recomendaron que fuera respetuoso y silencioso, y que no fuera invasivo, que le dejara espacio, pero que le hiciera saber que no estaba sola, acariciándole la mano, hablándole lo justo. Y es que nadie está más solo que un moribundo que debe cruzar el río Aqueronte. Mi madre debía estar atemorizada enfrentándose a lo desconocido, pensaba una y otra vez, sintiéndome mal por no poder ayudarla.

Tuve la oportunidad de pasar mucho tiempo con ella esos días de despedida y de hablar mucho también mientras fue consciente. Y de escuchar música, de su tierra natal, la muñeira gallega y las jotas sanabresas, que ella, postrada en la cama y a pesar de la escasez de movimientos, simulaba bailar moviendo los brazos al compás de la música. Nos reímos. 48 horas antes de su fallecimiento ese era el ambiente en el que nos desenvolvíamos.También le ponía música para relajarse y para meditar, música que la adormecía.

Sabiendo que se encontraba en el momento más especial de su vida, el de subirse a la barca de Caronte para cruzar el río, no dudé en hablarle claro de lo que tenía ante ella. “Mamá, le decía, vas a enfrentarte al momento decisivo, único, de tu vida. Vas a morir, pero no tengas miedo”. Se lo decía con dulzura, siempre haciéndole saber que estaría allí, a su lado. Mi madre tenía alzheimer y había perdido casi por completo la conciencia, pero a ratos le venía la lucidez y volvía a ser ella misma, mi auténtica madre, una mujer con coraje y carácter, siempre positiva, generosa y cariñosa. Mis hijos lo saben bien pues tuvieron la oportunidad de vivirla intensamente.

Era la noche del 24 de diciembre de 2021, y en cuanto la saludé, cogiéndole la mano con ternura, escuché su respiración y supe que iba a morir pronto. Respiraba lento y profundo, la boca siempre muy abierta, como si quisiera agarrarse desesperada a la vida. Y tenía la mirada perdida. Un ojo semiabierto y el otro cerrado. Esa noche, a las 4,22 horas expiraba, mi mano cogida a la suya. Se fue dulcemente, tranquila.

La enterramos bajo la lluvia el día 25, día de Navidad. Ella, que antes de que el Alzheimer la atacara era muy religiosa, católica, vino a nacer a otra vida, el Cielo cristiano, el día en el que Jesús de Nazaret nació en Belén. Alguien me lo advirtió interpretándolo como un buen augurio para ella. “Sin duda – pensé yo -, si había otra vida ella fue bienvenida”.

Van pasando los días después de su despedida y me siento vapuleado, agotado, golpeado por la presencia de la muerte, una señora con malas pulgas y que se mueve rápido pues viaja mucho y a mil por hora segando gargantas y rompiendo corazones. He estado tan cerca de la muerte que nos miramos a los ojos. Ya sabe quién soy y donde vivo. Estoy seguro que ha tomado mi matrícula.

Unos días antes de morir mi madre me dijo que vendría a visitarme desde los cielos. Y lo hará, seguro, ella siempre cumplió su palabra.

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3 Comentarios

  • Hermoso relato.
    Gracias por compartir
    Que su luz nos acompañe con fuerza

  • Un abrazo, primo.

  • Lo siento mucho, soy vecina del barrio, a veces la veis asomarse a la ventana…❤️
    Bonitas palabras y muy ciertas.
    Mucho ánimo.
    D.E.P.

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