• 1 julio 2022

Las peligrosas mil caras de la realidad

MOSCOW REGION, RUSSIA – OCTOBER 11, 2020: Russia’s President Vladimir Putin delivers a video address from the Novo-Ogaryovo residence to congratulate Russia’s agricultural and processing industry workers and veteran employees as Russia celebrates Agriculture and Processing Industry Day. Mikhail Klimentyev/Russian Presidential Press and Information Office/TASS (Photo by Mikhail KlimentyevTASS via Getty Images)

¿Qué es la realidad? Y, sobre todo, ¿cuál es, de las muchas que hay?  Si la definiéramos, podría ser algo así como “existencia verdadera de algo o alguien? ¿Pero cómo sabemos que es verdadera? A ver, en el caso de la guerra de rusos y ucranianos ¿cuál es? ¿La de los combatientes de uno y otro bando que se desangran con las bombas y granadas? ¿La de los generales que deciden el rumbo de los acontecimientos? ¿La de lo ciudadanos que huyen despavoridos y narran el terror que han venido sufriendo? ¿La de Putin y Zelenski? ¿La que circula por las redes y convierte a Putin en un libertador de globalizadores, élites y virus asesinos? Sí, como se estarán diciendo, no hay una sola realidad, hay tantas como sujetos la observen o la vivan.

Hay algo, sin embargo, que debería acercarnos más que nada a la realidad y ese algo es la mass media. Pero no es así. Lo hemos comprobado con la plandemia y lo estamos confirmando ahora con la guerra. Lo que se escribe y comenta no refleja más que determinados aspectos de una realidad que las élites del mundo o, en este último caso, los ejércitos, nos quieren vender como auténtico. Putin dictaminó que quienes revelaran cualquier dato que pusiera en peligro a sus tropas serían castigados. El castigo mínimo es de tres años. El máximo de 15 años. Y los periodistas, al menos los del bando contrario, los de la BBC, CNN, EFE…, conscientes de que si hablaban, si contaban lo que veían, serían encarcelados, tuvieron que abandonar Moscú. Nadie ha informado que hayan vuelto. Hoy no debe haber nadie del bando de la OTAN, nadie que refleje la realidad de lo que está pasando en el frente. Nadie cualificado, teléfonos móviles hay muchos, afortunadamente, y ellos retratan, al menos, pedacitos crueles de la realidad.

El español Josep Borrell, quien da voz e imagen internacional a la UE, ha amenazado por su parte a los medios europeos con castigar la desinformación. Lo que viene a significar que también pretenden que la realidad la marquen los generales de la OTAN y los dirigentes de la Comisión Europea. Cualquier palabra  que se salga de su discurso podría ser catalogada como desinformación y los desinformadores irían a prisión. Josep Borrell lo ha advertido, pero no sabemos más, no sabemos si sus palabras se  plasmarán en documento oficial, en ley. Pero la amenaza sigue ahí…

Otro aspecto es el de ¿quién en la UE señalará lo que es desinformación? Los verificadores, es de suponer. Es decir, quienes los alimentan, las empresas de George Soros y sus iguales, las ricas familias norteamericanas y británicas, o sea, el poder económico, el que se maneja en la sombra y tiene el descaro en estos tiempos de actuar también a la luz del día. Hay una inquietante foto de Josep Borrell con George Soros comiendo en un restaurante que retrata cómo se influye y cómo uno se deja influir. También es un retrato fiel de lo bien que se llevan el dinero y la política, el dinero y el poder.

Como se puede apreciar, estamos perdidos y parece no haber salida. Justo vamos a desconectar de la realidad cuando, paradójicamente, más medios de comunicación hay en el mundo y cuando las redes de información llegan a los últimos parajes desconocidos en las selvas, cuando hemos conseguido penetrar en las oscuras aguas marinas a 11.000 metros de profundidad, cuando hemos llegado a Saturno, a 1275 millones de kilómetros, para ver lo que pasa en el planeta, sus anillos y satélites. Cuando todo parece más fácil, resulta que la realidad se transforma en quimera.

La invasión militar en Ucrania por parte de Rusia puede que dé la puntilla a la libertad que se goza en las redes sociales, último reducto de la realidad en todas sus dimensiones, aunque no sea esta precisamente diáfana sino más bien confusa. ¿Cómo viviremos cuando acabe ese conflicto bélico? ¿En qué realidad nos obligarán a desenvolvernos? ¿La de la nueva normalidad de Macron, Sánchez…? ¿La de que Putin el libertador, junto con Donald Trump, nos han librado de una colección de virus diseñados en laboratorios ucranianos? ¿O pactarán ambos bloques una última obra de teatro, desconocida, en la que nosotros, los ciudadanos, tampoco podremos participar?  En este caso, ¿sería una comedia o un drama? Sea cual fuere el escenario, lo más probable es que el miedo esté presente. Los gobernantes han aprendido lo vulnerables que somos al miedo y utilizarán esa tecla cuantas veces sea necesario. Fíjense. Uno de los que más ahínco ha puesto en meter miedo a sus ciudadanos, incluidos quienes le votan, es el español Alberto Núñez Feijoo, y ya ven dónde está. Su partido ha decidido nada menos que dejar su destino en sus manos. Y es que en estos tiempos comienzan a estar mejor vistos que nunca los dirigentes políticos que están dispuestos a todo, incluso a quitarle sus derechos a la ciudadanía.

Por cierto, hay que recordar que en el planeta hay decenas de conflictos sangrientos: Libia, Yemen, Israel, Etiopía…, a los que no hacemos el menor caso. Allí, los señores de la guerra, las empresas de armamento, hacen su permanente agosto. ¿Qué pasará en  Ucrania? Otro día nos detenemos en  Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman, Raytheon y GeneralDynamics, las 5 grandes de la industria armamentísticas. A estas alturas, Rusia ha estado atacando a tan solo 25 kilómetros de Polonia, deben saber qué rumbo tomará la guerra.

Y lo que viene es más complicado a la hora de discernir qué es y qué no real. Viene el matrimonio de la inteligencia artificial y la neurociencia. Esta pareja permite influir en nuestras emociones y pensamientos, induciéndonos incluso a pensar lo que no pensamos. El tema está tan avanzado que ya se habla de crear nuevos derechos tan singulares como el de la privacidad mental, la identidad personal, y el libre albedrío al aumento de la neurocognición y a la protección de sesgos. Al parecer, el político chileno Guido Girardi está propiciando en su país que se elabore una primera ley cerebral con sus neuroderechos, una nueva clase de Derecho para protegernos, por ejemplo, de la posibilidad de que manipulen nuestra identidad en vídeos con tanta precisión que la imagen virtual creada de nosotros sea aparentemente real. Ello permitirá que podamos tener identidades paralelas, que podamos estar en dos o tres o veinte sitios a la vez. Que podamos decir lo que jamás hemos dicho, pero que nuestros dobles dicen. Y todo es, por supuesto, falso. Sin enterarnos, la ciencia y la tecnología, la neurotecnología, pueden controlar o manipular ya nuestro cerebro y duplicar nuestra identidad. No es un propósito, no es una idea, es un hecho que complicará aún más nuestra percepción de la realidad.

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Un Comentario

  • La batalla de la confusión sólo puede librarse enarbolando nuestra capacidad de amar.
    Que se extienda y crezca tanto que reviente el botón de todas esas máquinas con una gran y pacifica carcajada

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