Los muones y su repajolera historia.

Para quien no haya sido bombardeado por la infodémia de su descubrimiento, el muón es una partícula elemental, entendiéndose muy elementalmente -que no se descompone en otras partículas-. Por ahora, solo vive en los rayos cósmicos y en algún avanzadísimo laboratorio donde pueden meditar sobre su efímera existencia de 2,2 microsegundos. ¡Olé por el muón y su diminuto arte de ser! El común de los mortales ya nos habíamos dados por enterados y teníamos somatizado que los leptoquarks son simpáticos bosones que interactúan con leptones y quarks, permitiendo la alegre transmutación de los unos en los otros. Pero esto del breve muón, la verdad, nos pilló desprevenidos. La ciencia es así de cachonda. Es tan cachonda como lo de “hijo, hija, hije” o “niño, niña, niñe”, que estando ahí a la vista, siendo cierto, teniendo los sujetos a mano sin experimentos de laboratorio y sufriendo los afectados su incomprensión, no alcanzamos a asumirlo como algo natural. ¿De verdad somos así de cafres? ¿De verdad la LGTBIfobia convive con nosotros sin vergüenza alguna? ¿De verdad que no nos cabe en el melón que -entre las ingles-, las variedades de plátanos, papayas, melocotones o castañas nos perturben? ¿De verdad que una ministra se tiene que sumar a la chorrada de contarnos que están con nosotros como si fueran raros extraterrestres? Todos tenemos amigos y enemigos gays, conocidas u ocultas lesbianas y presuntos-trasuntos trans, en nuestro circulo, a los que a veces queremos o despreciamos igual que a los heteros en función exclusivamente de nuestras empatías coincidentes, nuestros gustos parecidos, nuestras profesiones complementarias o nuestros antagonismos viscerales de cualquier tipo y condición. Y aquél que no lo entienda de una manera absolutamente natural, con lo que ha llovido sobre el tema en el último siglo, explicárselo en seco es labor inútil. Se sabe. Es más fácil que nuestro perro entienda el desarrollo de cualquier algoritmo relacional que algún “bestiaparda” haga el mínimo gesto por entender que ya vive en el siglo XXI, y no en la edad de piedra, y que ha de comportarse, entenderse y sentirse como humano civilizado. Los que tenemos la convicción profunda de las disconformidades: la inmensa mayoría de seres normales que poblamos el planeta tierra, venimos de fabrica con equipamiento de serie que en su ADN trae incorporado, por defecto, que los leptoquarks son los -bosones de toda la vida- que interactúan con -leptones y quarks del siempre jamás amen-, asumiendo con normalidad la evidente transmutación de los unos en los otros. No hace falta que una ministra, ministro o ministre, como si fuera una novedad este recurrente asunto de los géneros, nos toque los muones con ese demagógico descubrimiento, cuyo obvio razonamiento, ya gastado y sin lustre, no dura en nuestras entendederas de ciudadanos -muy o poco progresistas- más de los 2,2 microsegundos antes de desvanecerse como idea. Es demasiado elemental como discurso. Muy muy muy muón. Se puede reivindicar y defender MÁS Y MEJOR con medidas y leyes rigurosas. El respeto a ser diferente, si se pretende explicar a adultos con tinte didáctico deviene excluyente. “Ellos, ellas y elles”, discúlpenme y respétenlos, es un estribillo viejuno con torpe afán mitinero.

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