Los zapatos del cienpies cincuenta veces cojo

Tienen algo en común el desdén y el primor: la parsimonia. Ese estado donde “lo simple es lo mejor “está tan denostado como comprometido con la realidad política, que los ciudadanos soportamos. La heurística no es el fuerte de nuestros gobernantes. Ockham nos lo dejó muy claro: “entre dos hipótesis que compiten, la que tiene menor número de supuestos suele ser la correcta”. Es extraordinario el esfuerzo de unos y otros por complicar los asuntos simples y cómo retuercen su argumentario para confundirnos. La mediocridad ha secuestrado a la inteligencia, y nos ha hecho presos de unos enfrentamientos caóticos, que, lejos de darnos soluciones, nos intentan arrojar a problemáticos abismos.  Los argumentarios políticos trabajan con el desdén y con el primor en cantidades equivalentes para culpabilizarnos, para enfrentarnos y para sostener el deplorable estado de crispación de una sociedad confundida por la pésima retórica de moda. La estrategia está muy clara y la utilizan sin ninguna piedad dialéctica. Nada de lo que nos cuentan es inocente. Entre aplausos y cacerolas la parsimonia política ha perdido el respeto a los presuntos servidores públicos y pretende, muy fatigada en su esfuerzo, dotar al ciempiés del estado solo zapatos de izquierdas o de derechas, en color rojo o azul para evitar posibles  confusiones. Ya lo dice mi vecino, aunque no venga muy a cuento: – si un discurso busca la la verdad corre el grave peligro de encontrarla-. La certeza tampoco es ya lo que era. 

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