• 22 mayo 2022

Nuestro ADN puede ser modificado a través de las emociones, los pensamientos y las palabras

¿Qué saben las élites que no nos cuentan sobre el Proyecto genoma? La maravillosa epigenética

Por Magdalena del Amo

Rescato este artículo que publiqué en 2016, a raíz de la presentación de las investigaciones sobre epigenética de un equipo de científicos que nunca se conformaron con la versión oficial del Proyecto genoma. La situación pandémica covidiana, con los diversos flecos, incluido el propósito de transformar al hombre en un ser transhumano, poco menos que un robot sin alma, nos ha hecho preguntarnos por qué esto, y por qué ahora. ¿Por qué este acelerón en la “conquista” de la humanidad? La respuesta me llegó reflexionando sobre la epigenética y lo mucho que podemos hacer para cambiar nuestro destino. Comparto, a continuación mis palabras de hace seis años:

En 2001, la revista Nature hacía públicos los resultados de la investigación tecnológico-científica más importante del siglo XX, el International Human Genome Project. Una secuencia completa de los tres mil millones de pares de bases en el genoma humano dejaba al descubierto nuestra estructura como especie. Hubo, sin embargo, cierta decepción en algunos sectores no especializados cuando la prensa enfatizó –y descontextualizó— sobre el parecido entre el genoma humano y el de la mosca del vinagre, que comparte con nosotros, entre otros, los genes del cáncer y el párkinson.

El genoma se divide en cromosomas, que contienen genes, compuestos de ácido desoxirribonucleico, que transmiten los caracteres hereditarios. Y eso se da igual en casi todos los seres vivos. ¡Se hicieron demasiados chascarrillos y risas sobre esto! Solo nos diferenciábamos en unos cuantos pares de genes; por tanto, había que bajarse los humos, porque, al fin y al cabo, tampoco éramos tanta cosa; solo secuencias químicas como el resto de los bichos. Nos estamos refiriendo al tres por ciento interpretado, dado que no se descifró el genoma completo. Pero ¿qué “dice” la parte del genoma no descifrado y que fue catalogado como “ADN basura, residual, aleatorio o no codificante? Esto se preguntaba también el sector científico más vanguardista, a quien no le cuadraba que nuestro cuerpo portara algún elemento que no fuera de utilidad. ¡Y estaban en lo cierto! Quince años después de haberse publicado el informe genoma, nuevos y relevantes datos han visto la luz.

Un grupo de científicos rusos, liderado por el biofísico y biólogo molecular Pjotr Garjajev, miembro de la Academia de Ciencias de Moscú y el físico cuántico Vladimir Poponin, entre los que se encontraban además embriólogos e incluso expertos en lingüística –dato este muy interesante—, realizaron una investigación desde un ángulo mucho más amplio y abarcador sobre esa parte del genoma no interpretado, más del 90 por ciento.

Lo descubierto por este equipo científico es una total revolución que nos demuestra que somos mucho más que un cuerpo físico, y nos confirma la realidad de muchas hipótesis y teorías filosóficas, esotéricas y religiosas no comprobadas hasta ahora por la ciencia. Esa parte de ADN no descifrada antes encierra conceptos, características y cualidades humanas como la intuición, la mediumnidad, la clarividencia, la telepatía, el aura, la capacidad de autocuración, la sanación a distancia, el contacto interdimensional y otras potencialidades que conocíamos a través de místicos, chamanes y científicos “locos”, como varios de los eminentes fundadores de la Society for Psichical Research de Londres, fundada en el siglo XIX para demostrar lo que ahora nos muestra la correcta lectura del ADN. En el interior de este ADN aleatorio estaría el recuerdo de nuestras hélices desactivadas, así como los códigos necesarios para “reconectarlas, de acuerdo al plan original”.

Otro de los hallazgos sorprendentes del equipo científico ruso fue que los codones del ADN no codificado poseen una especie de lenguaje biológico que forma palabras y frases siguiendo la estructura de nuestros idiomas, con sintaxis semejante a la de las gramáticas. Esto los llevó a la conclusión –y esta es la parte más innovadora y pragmática— de que el ADN es como un texto que puede ser corregido y reordenado en distintas secuencias. Lo realmente rompedor para la ciencia positivista es que el ADN es influenciable a través de la voz, los pensamientos y las imágenes. Esto quiere decir que el determinismo atribuido a la genética no es tal, puesto que podemos influir en ella y cambiarla. Es decir, si como expresamos, nuestro ADN es un ordenador biológico, el “software”, esto es, las moléculas, pueden ser reprogramadas con nuevas órdenes a través de la idea que se transmita, y los tripletes, a su vez, pueden cambiar sus sitios. Esto es un descubrimiento maravilloso, con un sinfín de posibilidades. De hecho, ya se está experimentando con la reprogramación de ADN dañado, usando las frecuencias de resonancia adecuadas. Para ello se utiliza luz láser codificada como lenguaje humano con la información que se quiere rectificar. En el experimento previo se comprobó que una molécula de ADN in vitro expuesta a una luz láser coherente, sigue la forma espiral de las hélices de ADN como si fuese dirigida por la propia molécula. Y cuando la molécula es retirada del campo de observación del microscopio, la luz continúa allí y conserva la forma espiral. Este fenómeno fue denominado “Phantom-ADN” (ADN fantasma). ¡Y no es para menos! A partir de ahí, siguiendo el patrón gramatical del ADN han conseguido modular luz coherente de láser y añadir su significado a la onda portadora.

Cuando conocí esta información científica, me quedé extasiada, porque todo esto ya lo sabía aunque por otra vía. Enseguida pensé en la visualización creativa que aprendimos en “control mental”, en el envío de energía a distancia, las técnicas de autoafirmación y otras que practicamos en la sanación cuántica; o cuando en kinesiología no disponemos de un determinado filtro de testaje y utilizamos la palabra escrita en un papel, un dibujo, el pensamiento o la intención. ¡Y funciona! También recordé el experimento con microcristales de agua de Masaru Emoto, influidos por el pensamiento, las palabras y la música; las experiencias en radiónica de George de la Warr o Ruth Drown, la sanación por símbolos y sonidos o los campos mórficos de Rupert Sheldrake. Estamos hablando de lo mismo. Somos cocreadores de nuestra realidad; solo tenemos que integrarlo y entrenar nuestra conciencia. Es así, con trabajo y disposición espiritual, como se puede llegar a conectar con nuestro ser interior, nuestra mente profunda, nuestra alma, nuestro doble cuántico, nuestra memoria celular y nuestro ADN. Es en nuestro “laboratorio de las profundidades” donde podemos hacer todo tipo de reajustes.

Todo esto es completamente revolucionario en el campo de la medicina holística, que incluye la sanación a distancia y, sobre todo, el tema de la vibración, algo no visible, pero real. Comprendo –y a muchos les rechina—que hacemos demasiado uso de las palabras “energía” y “cuántica”. Es la manera de explicar que todo está interconectado. Para ello no hace falta ser expertos en mecánica cuántica, sino comprender el comportamiento de los ladrillos más sutiles de la materia: esas partículas cuasimágicas que se bilocan y varían su comportamiento bajo la mirada del observador.

El equipo de Garjajev descubrió otro punto interesante sobre lo que, normalmente, se suele llamar ciencia infusa, creatividad, intuición, inspiración, telepatía o canalización, es decir, esa información que aparece en nuestra mente de manera espontánea, sobre todo, cuando entramos en estado alfa y otros más profundos, bien sea inducido a través de la meditación, o bien en el momento antes de dormirnos. En este estado, conectamos no sé si con el mundo de las ideas, con los registros akásicos o con el inconsciente colectivo, pero sí es cierto que nos volvemos clarividentes por un momento, capaces de resolver enigmas irresolubles. Este equipo de genetistas lo denomina hipercomunicación y, para explicarlo, hacen una analogía entre el microcosmos y el macrocosmos. “Como es arriba es abajo”, dice la antigua Tabla Esmeraldina de Hermes Trismegisto. Establecen que nuestro ADN puede causar patrones distorsionadores en el vacío, produciendo así agujeros de gusano magnetizados, que serían a escala microscópica equivalentes a los puentes Einstein-Rosen, especie de atajos entre zonas diferentes del universo, a través de los cuales la información puede ser transmitida fuera del espacio-tiempo. Continuando con la analogía, nuestro ADN atrae estos bits de información y los pasa a nuestra conciencia. Los estados de relajación propiciarían este fenómeno de hipercomunicación que solemos llamar telepatía, sintonización o canalización, como expresamos arriba.

En cuanto a este proceso de hipercomunicación, señalan que en tiempos pasados la humanidad estaba interconectada en una conciencia grupal, como ocurre en el mundo animal, y ponen como ejemplo la comunicación entre una colonia de hormigas en la que, aunque se aísle a la hormiga reina, las obreras siguen trabajando porque ella sigue dando sus órdenes más allá del espacio-tiempo. Sin embargo, si la matan, el hormiguero se vuelve un caos. Los animales también trascienden el tiempo y el espacio. Nuestras mascotas, por ejemplo, saben cuándo llegamos y se anticipan a muchas de nuestras acciones, lo cual nos deja asombrados. Todo apunta a que la especie humana, en su proceso evolutivo para conseguir la individualidad, ha abandonado voluntaria o involuntariamente la hipercomunicación.

Los investigadores concluyen que ahora que el ser humano permanece estable en su conciencia individual podría agruparse en una nueva conciencia grupal, en la que tendríamos poder para cambiar el mundo, es decir, cocrear nuestra realidad. Quizá se estén refiriendo a ese salto cuántico a la quinta dimensión de la que tanto hablan los espiritualistas. El ADN seguirá confirmándonos muchos aspectos no científicos, hasta ahora, de la dimensión humana”.

Hasta aquí el texto que publiqué en 2016.

En marzo de 2020 llegó la pandemia de diseño, como había sido anunciada por las élites, con toda su parafernalia de muertes ad hoc, imposiciones y leyes restrictivas, para culminar con las vacunas anticovid con el fin de controlar al ser humano e implantar el transhumanismo, alejándolo de su evolución natural y romper su vínculo con lo sagrado. Eso, sin duda, dificultará el despertar de la humanidad, lo que se traduce en la actualización de esas hélices latentes del mal llamado ADN aleatorio o no codificante, y la agrupación de la humanidad en una nueva conciencia grupal. ¿Están las inoculaciones relacionadas con esto? Dejo la pregunta para la reflexión.

Psicóloga, periodista, escritora

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