• 1 julio 2022

Ucrania a los ojos de Kissinger: más sabe el diablo por viejo que por diablo

Alfonso de la Vega

Trasmitida urbi et orbi por la propaganda de los media apesebrados, la interpretación oficial del Deep State acerca de Ucrania es la de una única nación inocente y uniforme atacada por un malvado tirano invasor. Una visión que parece muy lejos de la que se puede deducir de ciertas declaraciones de Henry Kissinger en las que el viejo político norteamericano se muestra con una perspectiva diferente al del actual del Deep State, el NOM y la Agenda 2030.

En 2014, desde ‎su puesto entonces de vicepresidente, Joe Biden se implica en el “cambio de régimen” en Kiev. La subsecretaria de Estado, Victoria Nuland, viaja a Kiev para ‎respaldar a los neonazis, supervisar los comandos que perpetran múltiples actos de violencia en la Plaza Maidan y asegurar el golpe de Estado.

Sobre las verdaderas intenciones americanas cabrían especulaciones, pero es fácil deducirlas cuando se intercepta una conversación telefónica entre Victoria ‎Nuland y el embajador de Estados Unidos. En su conversación con ‎el embajador, esta exquisita dirigente demócrata expresaba su deseo de ‎‎”Fuck the UE”; es decir: darle por el c. a la Unión Europea

.

Pese a la oposición del secretario de ‎Estado, John Kerry, los Biden aprovechan para pasar por caja. Hunter Biden, el hijo del entonces vicepresidente y hoy presidente, Joe Biden, es estratégicamente colocado en el consejo de ‎administración de Burisma Holdings, una de las principales compañías de explotación del gas ‎natural ucraniano. Este hijo de Joe Biden es un personaje depravado que servirá de pantalla ‎para cubrir un gran desfalco en perjuicio del pueblo ucraniano.

De todas formas, si no es por otros intereses oscuros como puedan ser mantener una cierta unidad forzada de las diferentes naciones europeas contra Rusia en beneficio del globalismo del NOM, no se termina de entender bien desde un punto de vista político lo que pasa. Nuestros próceres no nos lo explican, acaso porque no saben o quizá porque no pueden. Se especula también con la existencia de peligrosos laboratorios de armas biológicas cerca de la frontera con Rusia que estarían siendo objeto de los ataques del ejército ruso.

De momento, como en un nuevo Afganistán, el Deep State con el tenebroso Biden a la cabeza política visible habría embarcado a Ucrania en una provocación suicida que nunca podría ganar sin su apoyo militar. Acaso pretende una larga guerra de desgaste que sería calamitosa para Putin pero también para el resto de las naciones europeas. Como dice Kissinger: “La prueba de la política es cómo termina, no cómo comienza”.

Kissinger desde luego no es santo de mi devoción pero más sabe el diablo por viejo que por diablo. De no ser apócrifas, Kissinger declaraba en 2014 al principio de la crisis que ha derivado en el actual conflicto abierto lo siguiente:

“Ucrania no debe funcionar como un enfrentamiento, sino como un puente entre Este y Oeste. Occidente debe entender que, para Rusia, Ucrania nunca puede ser simplemente un país extranjero. La historia rusa comenzó en lo que se llamó Kievan-Rus. La religión rusa se extendió desde allí. Ucrania ha sido parte de Rusia durante siglos y sus historias estaban entrelazadas antes de esa fecha. Algunas de las batallas más importantes por la libertad rusa, comenzando con la batalla de Poltava en 1709, se libraron en suelo ucraniano. La Flota del Mar Negro, el medio de Rusia para proyectar poder en el Mediterráneo, tiene su base en arrendamiento a largo plazo en Sebastopol, en Crimea. Incluso disidentes tan famosos como Aleksandr Solzhenitsyn y Joseph Brodsky insistieron en que Ucrania era una parte integral de la historia rusa y, de hecho, de Rusia.

Ucrania ha sido independiente por solo 23 años; anteriormente había estado bajo algún tipo de dominio extranjero desde el siglo XIV. No es sorprendente que sus líderes no hayan aprendido el arte del compromiso, y menos aún de la perspectiva histórica. La política de la Ucrania posterior a la independencia demuestra claramente que la raíz del problema radica en los esfuerzos de los políticos ucranianos por imponer su voluntad en partes recalcitrantes del país, primero por una facción, luego por la otra.

Cualquier intento de un ala de Ucrania de dominar a la otra, como ha sido el patrón, conduciría eventualmente a una guerra civil o una ruptura. Tratar a Ucrania como parte de una confrontación Este-Oeste hundiría durante décadas cualquier posibilidad de llevar a Rusia y Occidente, especialmente Rusia y Europa, a un sistema internacional cooperativo.

Una política sabia de EE.UU. hacia Ucrania buscaría una manera de que las dos partes del país cooperen entre sí. Debemos buscar la reconciliación, no la dominación de una facción”.

De modo que la interpretación oficial del Deep State estaría en las antípodas de tal “política sabia” preconizada por el exsecretario de Estado. Claro que la cabeza política visible del Deep State es un usurpador decrépito que confunde Kiev con la capital de Irán, lo que aún asusta más comprobar en manos de quienes estamos. Y los intereses que se defienden ni siquiera serían los de EE.UU. como nación, sino los de la plutocracia corporativista contra la Rusia nacional que se considera enemiga. Por eso se dio en su momento el golpe de Estado en Ucrania y se ha seguido la posterior política de acoso.

Sea como sea, es muy probable que este conflicto haya de suponer un antes y un después. De momento, dentro del proceso de sabotajes contra la sociedad en el que estamos inmersos desde hace un par de años puede provocar otro desastre económico para rematar las agresiones producidas por sus gobiernos a las respectivas clases medias que soportan las instituciones civilizadas. El suministro energético e incluso las cadenas logísticas pudieran no estar garantizados, lo que provocaría un auténtico caos en la UE.

Pero, también, como indicaba al principio, debiera servir para reflexionar sobre el modelo en el que estamos, al menos en España y en Europa. Un modelo de corrupción espiritual, moral, política, económica, intelectual y ecológica, sometido a los intereses despóticos de una plutocracia sin patria que se atrinchera detrás de instituciones globalistas antidemocráticas para subvertir la civilización hasta hacerla desaparecer tal como la hemos conocido. Un modelo en el que se están eliminando los últimos restos de soberanía de las naciones, en el que el juego político democrático se halla viciado de raíz, tal como estamos pudiendo comprobar una y otra vez y en el que solo cabría ya el pensamiento único y el ninguneo o la represión de los disidentes.

Ironías de la Historia, una nueva aparición de Fátima hoy puede que pidiese la conversión de Occidente en vez de la de Rusia. Una Rusia que ya no es la arrumbada URSS y que, paradójicamente, representa un cierto bastión actual del cristianismo frente a la tiranía del nuevo neomarxismo posmoderno ateo de la Agenda 2030 y similares, que campa a sus anchas entre los anglosajones y sus títeres, incluidos nosotros.

Alfonso de la Vega
Ingeniero agrónomo, escritor, analista político

 

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