¡VERGÜENZA CHURRERA Y CHORICERA!

Antes, en nuestra juventud de los Madriles, una noche de farra terminaba siempre felizmente en la Churrería del Pasadizo de San Gines. El churro, esa masa de harina cocinada en aceite hirviendo y espolvoreada de azúcar, era el paradigma de un fin de fiesta en toda regla. Ahora, las juergas grandes, que se corren en la capital del estado, se finiquitan en la Carrera de San Jerónimo, ese hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la Biblia. (Incomparable en méritos con San Ginés, patrono de los notarios, escribanos y secretarios).  Hoy día, un churro que se precie, elige la tutela dialéctica de San Jerónimo porque en su seno cabe todo tipo de interpretación exegética, de la que ese raro sacerdote era un afamado maestro. Nunca el churro ni la porra, su hermana mayor, elegirían la compañía de un fedatario para justificarse o para legitimarse, porque es sabido que tanto uno como la otra son además de un reservorio calórico de envergadura una fuente de fácil placer gastronómico indiscutible y de muy pesada digestión. Y ya, metidos en harinas, entremos en el asunto de los churretones democráticos que la semana nos ha deparado, donde la indecencia hirviente de unos y la glotonería ardiente de otros nos han llevado a un chocolate marrón, marrón, marrón y poco dulce, como recién traído de la época de las Indias más amargas. La mejor mezcla de sabores deconstruidos para amenizar un análisis político de corto aliento es esta iniquidad. Nuestros políticos han descuartizado la receta sin piedad y nos la han servido caliente aún, en bandeja, sin el vasito de agua preceptivo para la degustación. ¿Qué es esto de llevar a la olla a presión lo que siempre se denominó por los entendidos como “fruta de sartén”? ¿A cuento de qué viene ese transfuguismo líquido, alabado y legitimado por los consagrados chefs del ‘Toque Blanche’ azul? ¿Resistirá nuestro paladar demócrata el cambiazo del agua cristalina por la gaseosa y del aceite refinado por el caldo de sobre? ¿Alcanzarán a confundirnos en su intento de defraudarnos las churras por las merinas, estafarnos los churros por las moñigas y timarnos los chorras y las memínas? ¿Se puede corromper o pagar una simple y barata consumición de moral tradicional a golpetón de talonario? No es extraño que el nuevo producto estrella de Disney World en California sea el churro de colorines fosforitos y no nos parecería chocante que se cambiaran los nombres de las dos calles que circulan por este artículo a Carrera de San Ginés y Pasadizo de los Jerónimos. ¡Un poco de dignidad por favor! ¡No jodan las recetas clásicas! En el bochorno, no cambiemos el ALKA-SELTZER por las ruedas de molino, ¡Aunque nos lo sirvan reconocidos chorizos!

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