Las alegres violencias de las turbias bulerías de la ultraderecha de este país no son bailables, y están dotadas de una desastrosa cacofonía impertinente, como de recocido tango amargo mal editado. (Recuerda aquel ejemplo que nos ponían de pequeños y sabrás de lo que hablo: «Yo no quiero que me quieras como quieres que te quieran»). Se acercan cuando uno las lee por descuido, a aquellas incitaciones que las señoras mayores nos hacían de adolescentes y que no estábamos nada seguros de poder satisfacer ni en lo físico, ni desde la perspectiva de la moral cristiana que nos habían metido los curas a bofetón limpio. Si uno sigue las burdas proclamas de sus sótanos oscuros en prensa, termina con esa rejodida sensación de sentarse, obligado por la natural naturaleza de los propios intestinos desinhibidos, en un wáter público, con la estimulación surfera del móvil en la mano, y sentir el asqueroso calor del culo del anterior usuario en la posadera. Cuando te vuelves a poner el cinturón te asaltan las ganas de azotarlo sin compasión ni respeto. Es muy poco empático el deseo, pero reconocedme los lectores, sensibles a este tipo de tacto y también mis respetables haters, que es un momento iracundo que celebramos con hartura inconsolable. Escuchar confundidos a las desatadas nuevas generaciones del PP respecto a Venezuela; ver en el WhatsApp los siempre malolientes memes de VOX, o a Fran Rivera suplicando a Trump para que nos invada y se lleve a Sánchez, nos revuelve la tripa tonta y nos produce una acidez cagarra, casi mística en la evacuación, contra esta patulea maleducada y niñata, tan pija como obscenamente inculta, malhumorada y casposa, que gripa nuestro cansado detector de estupideces. La perversa –complosfera- de los bobitos fachalentosos de los medios interneteros, (“internetéreos” que diría un buen amigo de boina en ristre a rosca sobre su cejijunto rostro de paisano de a pie), dan cabida por la puerta grande de la fuerza a esos descerebrados que piensan como Ayuso que la defensa de los derechos internacionales es una cursilada. No les cabe en su sentido del relato que España haya cerrado año con medio millón de empleos más y, de paso, hayamos logrado un nuevo máximo histórico de mujeres trabajando; ni que la bolsa haya pulverizado impensables máximos pletóricos; ni que se cumplan religiosamente los objetivos de incremento en las pensiones; ni que hayamos alcanzado merecidamente y honrosamente el cuarto puesto en la zona euro. Nada les vale para celebrar a estos borregos, que serían capaces de sincronizar sus balidos para entrar cagarruteando -a sacoPaco- en Marruecos con las entrenadas, bien pertrechadas y valientes tropas que defendieron la Isla Perejil, y entre bombas fétidas y humos de sacristía, a hostias vivas con cruz ferrocarrilera de San Andrés por testigo , secuestrar al monarca alauita Mohamed y traerlo en chandal de rastrillo de sábado en Vallecas a esta su mala vecina España, para ser juzgado prospectivamente por Peinado, acusado, imaginariamente, por delitos de tráfico de hachís y grifas perracas, por agricultura tufosulfatada sin madurar, por homosexualidad de braguitas rositas y sodomías inducidas, por mantener la absurda idea de que los fosfatos de Bucraa no son españoles sino suyos, y por rebosar pateras invasivas en nuestro territorio con lo mejor de lo peor de sus hambrientos súbditos. Los haters ultraderechosos de este país devoran ansiosos todas las esperanzas, para arañar nuestras ya débiles ilusiones con esa enfermiza fuerza de la negatividad permanente que gastan obsesionados y «entrumpados», desde el reiterado derroche de infelicidades a cascoporro en el Congreso, en la calle, en los medios e, incluso, dentro de sus familias. Son embestidas recalentadas de adolescentes pajilleros, tan dañinas para la salud mental social como innecesarias para la opinión crítica ciudadana, que –okupan- con insistencia de guardia Volkssturm. (Incluyo en los damnificados a esta columna que cada vez se parece más al sobado diván de un enfurruñado im-paciente, tratado por un necio primo psicólogo froidiano). Ya se han celebrado, con permisos y pagados con dinero público de las autoridades competentes, conciertos de los Meconios, dueños embecerrados del «aquí mandan mis cojones”, tan marcial, tan viril, tan ardorosamente fatuo, tan lleno de depurada filosofía del espanto a renglón seguido de aquél «abajo la inteligencia» que resuena en sus genes. La náusea ya alcanzó nuestra garganta y no puede ser contenida. Callar y pasar de largo ya es, por defecto, entregarse a la estulticia de “doblar una esquina al vacío” que decía el tango amargo. Trump es muy, muy, muy populista, y no le gusta nada nada, nada, la gente simple de derechas. ¡Infórmate bien!








