El Guernica de Picasso mostró al mundo la atrocidad de la Guerra Civil española y viajó por Oslo, Copenhague, Estocolmo, Londres y Nueva York, Milán, París y Bruselas. Parece ser que ahora no puede dar un saltito a Guernica porque el cuadrazo está viejete y muy delicado. Puede ser una verdad plomiza y que los conservadores de esta obra lo desaconsejen con buen criterio, pero negarle a Guernica el deseo de tener su retrato más universal es difícil de expresar sin retorcer y salar mucho la lengua. A mí personalmente me haría muy feliz que ese “capricho” les fuera concedido. Siempre he sido un romántico empedernido. Si no se hace, -y creo que no se hará y que estará bien que no se haga-, será por cumplir aquel dicho sobre el envejecer como la única fórmula para durar muchos años. Sería bueno considerar que hay alternativas interesantes para estudiar, y dejar en Madrid la residencia de este anciano cuadro famoso, donde, indiscutiblemente, mantendrá la privilegiada oportunidad de ser masivamente visitado, estudiado y admirado como sucede a día de hoy. Quiero dejar aquí activa una direccion del Museo Reina Sofia donde se ve cien veces mejor que al natural el lastimoso deterioro profundo de esta obra. Podemos hacer zoom a menos de un centímetro de cualquier trazo en ultra alta resolución. Su sobria grisalla la encontramos crujida y cuarteada inmisericordemente por todo el espacio, dejando entre muchas pinceladas ver diáfanamente la mezcla de fibras de lino y yute. Recomiendo el paseo advirtiendo que es muy desalentador para el proyecto de traslado. https://guernica. museoreinasofia.es/gigapixel/# 2/69.2/-154.5 He leído atentamente varias opiniones sobre el asunto y les destaco, por su rigor, las de Genoveva Tusell, expertísima en el tema, que receta para este delicado objeto de nuestras apetencias artísticas , históricas y antibelicistas un “reposo absoluto”. Búsquenla por Internet y será muy raro que no les convenza. Cuatro mujeres, un caballo, un toro, un pájaro, una bombilla y un hombre han deambulado mucho y muy persistentemente sobre nuestros imaginarios, y han consolidado una forma de entendernos activos contra cualquier bombardeo en un blanco y negro lejos del rojo de la sangre. Una sobriedad monumental, muy por encima de su relevancia como «icono fundamental del siglo XX», “se hace pesada en hacer peso” por arriba de la discusión que abrió rodeada de insinuaciones políticas elusivas Imanol Pradales y que fue secundada con vehemencia inusitada por la consejera de Cultura vasca Ibone Bengoetxea: “No estamos ante una cuestión meramente técnica, sino ante una cuestión de memoria, reconocimiento y reparación”. Hasta el español más tonto en la paramera de indigencia cultural histórica que nos embarga sabe cómo y porqué aviones italianos y alemanes lanzaron bombas incendiarias a lo puramente bestia sobre Guernica. No sé si de verdad es precisa o necesaria una “reparación simbólica” trasladando este retrato del horror al lugar del horror, cometiendo el horror de poner en riesgo su estructura ya muy dañada por sus diferentes horrorosos viajes pese al profesional mimo y cuidados de los que siempre fue objeto. Podría proponerse, por ejemplo, un permanente espacio didáctico de amplio aliento y ambición que recogiera no solo una virtuosa réplica, reproducción o copia fiel de esta maravilla que tanta pasión nos produce, con las más avanzadas técnicas clonatorias de última generación, y acompañarlo de exposiciones temporales sobre este fenómeno, ampararlo en una súper página web de libre acceso con artículos, imágenes y libros de todo el mundo en todos los idiomas, dedicados a la Guernica castigada y demolida por la locura de una infame guerra. Pero, a lo peor, una simple propuesta de este tipo cuesta un poco más que palabrear y forzar un intencionado diálogo de sordos pivotando sobre esta genial pieza. En mis mejores sueños me encantaría que el original de ese poster que decoró nuestras juveniles habitaciones hiciera su último y definitivo traslado a Guernica, pero también en mis sueños más preciosos me habría entusiasmado acompañar en su nave a los astronautas del Artemis 2. Y, además, si pudiera elegir me habría quedado a vivir en la cara oculta, a espaldas de este mundo que sigue con estas tristísimas guerras haciéndonos demasiado largo este siglo.














