Pese a la tiranía y vileza de su régimen político el ataque bélico aéreo con nocturnidad de EEUU contra Venezuela y el secuestro de su presidente sin que medie siquiera declaración de guerra previa puede considerarse un acto de violación del derecho internacional, de ese supuesto mundo con reglas del que tanto cínicamente presumen.
Según sus propias declaraciones Trump, “El pacificador”, pretende apropiarse de las riquezas naturales del país caribeño. En
referencia a la etapa previa, la del bloqueo naval, el presidente ha afirmado que: “sólo se intensificará, y el choque para ellos será como nunca antes han visto, hasta que devuelvan a Estados Unidos todo el petróleo, la tierra y otros activos que previamente nos robaron”. La historia de los «activos robados» según Trump probablemente se retrotrae a sucesos del año 2007 cuando los campos petrolíferos venezolanos fueron nacionalizados dentro de un proceso generalizado de nacionalizaciones promovido por el dictador Hugo Chávez siguiendo directrices castristas. No obstante, las empresas estadounidenses recibieron su compensación. Después de la nacionalización, las corporaciones extranjeras — Chevron, ConocoPhillips, Exxon Mobil — fueron invitadas a unirse a empresas conjuntas con la empresa estatal petrolera venezolana PDVSA. También se les ofreció desarrollar campos petrolíferos en la cuenca del río Orinoco, y los que se negaron fueron incluso parcialmente pagados con cierta compensación financiera, aunque también haya litigios. Pero las que han llegado a un acuerdo como la citada Chevron siguen obteniendo beneficios. Aunque algunas otras aún están en litigio. Así que es posible que las declaraciones de Trump estén dirigidas también a los accionistas de estas corporaciones para aclarar el pretexto aducido de la lucha contra el narcotráfico.
En Irak no había armas de destrucción masiva como nos vendieron para invadirla y destrozarla y probablemente en Venezuela pese a lo siniestro de su actual dictadura bolivariana no haya o trasieguen sino una pequeña fracción de las drogas demandadas por EEUU. La droga más peligrosa ahora en EEUU es el fentanilo. Trump ha hablado repetidamente del fentanilo como una importante amenaza para la salud pública de los estadounidenses y responsabiliza a México y Canadá de permitir la entrada de la droga en Estados Unidos. El número de grupos de delincuencia organizada que fabrican fentanilo en Canadá sigue creciendo. Empresas en China producen los precursores ilícitos de fentanilo y el contrabando se realizaría a través de Méjico. El fentanilo ha inundado el suministro de drogas de Norteamérica durante la última década, matando a decenas de miles de personas en Canadá y Estados Unidos, y generando enormes ganancias para las organizaciones delictivas que utilizan conocimientos básicos de química, equipos improvisados y laboratorios caseros para producir millones de dosis.
Para algunos observadores lo de Venezuela pudiera ser consecuencia de un hipotético reparto del mundo realizado en Alaska. Ucrania para Putin, Hispanoamérica para Trump. El Ártico a compartir. En la pasada reunión de Alaska entre Trump y Putin, neutralizada Europa, se habrían tratado diversos proyectos basados en la energía convencional y eficaz de petróleo y gas natural, relacionados con el Ártico y probablemente también con la actual crisis en Venezuela, con un Maduro en la cuerda floja que pudiera ser entregado para salvar el tinglado. Con la que cabe pensar que tenga que ver el control total de la gigantesca suma de dinero que genera el narcotráfico.
Cabe recordar algunos precedentes recientes de intervenciones militares contra la droga. Así, en 1986 fue en Bolivia la Operación Alto Horno, la Operación Causa Justa de 1989 para la invasión de Panamá y capturar a un agente norteamericano de la CIA, el general Noriega. La guerra contra los drogas no ha sido un fin en sí misma para la administración norteamericana, sino más bien una falsa bandera, un pretexto, para intervenir en otros países desde su supremacía. En varias ocasiones EEUU ha relegado su declarado objetivo de reducir el trasiego de drogas cuando le convenía como en Afganistán. El de las drogas es uno de los grandes negocios de la plutocracia globalista. Sin embargo, la idea dominante en la política norteamericana, supone que los responsables a reprimir son solo los países productores o trasegadores y las víctimas los consumidores. O dicho de otra forma, los malísimos hispanos contra los buenísimos WASP. De modo que a falta de poner orden en las calles de Norteamérica, se impone el sufrimiento, la represión o las limitaciones a los derechos humanos solo en territorio ajeno, probablemente una muestra más del racismo anglosajón. Quizá la administración Obama haya sido una excepción al entender la corresponsabilidad de la demanda y no solo de la oferta. Una oferta protegida en gran parte con las armas fabricadas en los EEUU que proporcionan a los cárteles. Tal como están las cosas, constituyen un enorme negocio y forma de control político y social pero no estaría de más plantearse el intentar distinguir qué parte de los problemas de las drogas se deben a ellas mismas y qué otra parte a su prohibición.
El régimen bolivariano es una tiranía deleznable pero el planteamiento imperial de autoerigirse en interesado supuesto vengador sin encomendarse ni a Dios ni a ninguna institución internacional muestra una forma de aplicación de la geoestrategia mundial peligrosísima. Trump actúa desde el derecho del más fuerte. Un fuerte indiscutible a escala local, en su famoso patio trasero hispanoamericano. EEUU sigue siendo la potencia naval dominante y se permite perpetrar bloqueos, pero va perdiendo competitividad económica e industrial en general, sobre todo en relación a China. En esa situación, EEUU se ve tentado a compensar su decadencia recurriendo a la fuerza, sobre todo allí donde su superioridad sigue siendo indiscutible.
Desde un punto de vista geoestratégico la agresión bélica a Venezuela cabe entenderse como un aviso a navegantes, sobre todo a China, un “en el continente americano mando yo”, o como una especie de campo de pruebas. De lo poco que le preocupa al violento imperio norteamericano la violación del derecho internacional. Aunque el régimen venezolano sea liberticida y desastroso la población civil también sufrirá por la violencia bélica unilateral desatada por una potencia exterior legalmente deslegitimada para intervenir con actos de guerra a su conveniencia en otros países.
Sin embargo, existen sombras sobre lo que en verdad estaría pasando. Aunque la información hasta hora disponible es parcial y probablemente sesgada o incierta, resulta muy raro, rarísimo, que sin complicidades se haya podido llevar a cabo el secuestro del presidente y su mujer vivos, cuando es de suponer se encontraban dentro de un círculo de protección armada de extrema seguridad. Y que al parecer, en cambio, ni Diosdado ni el ministro de Defensa o como la famosa vicepresidente Daisy, la de las maletas sospechosas, hayan muerto o sufrido otras consecuencias similares. Una cosa es un ventajista bombardeo nocturno desde el aire y otra, llegado el caso, la lucha directa de la infantería. Lo que no parece se hubiere producido. De modo que por descabellado que parezca cabe interrogarse acerca de si acaso estuviésemos asistiendo a una especie de paripé bien escenificado, con alguna suerte de pacto secreto.
Si el modelo funcionase, su misma lógica se reproducirá en otras regiones y a mayor escala. La misma von Leyen y su fementida tropa comisionista europea, el tenebroso Zelensky o los okupas de muchos palacios pudieran tener que poner sus barbas a remojar.
Trump, tan pretendidamente crítico con las no menos siniestras de sus predecesores en el trono imperial ya tiene su propia guerra. Ya veremos si le aprovecha.








