Yo, también, estudié en los maristas de León como Feijóo, y puedo acercarme con posibilidad de acierto en mi planteamiento a las actuaciones de este sujeto tan gallegamente formado en lo familiar y tan severamente deformado en lo social y en lo religioso. Durante mi juventud fui castigado, como seguramente él lo fue, a no consentirme hacer las paces, con una perturbada manipulación dialéctica del bien y del mal. Cuando esa condición decisoria se enquista, es motivo suficiente que puede hacer bailar alocadamente las neuronas en función de arrebatos temporales, donde lo natural es un ‘ni sí ni no sino todo lo contrario». Esa tentadora cómoda estulticia se aferra a tu ser, lo determina, lo expone al ridículo y lo que es peor lo descalifica retóricamente. No se puede, como este sujeto hace, dar la espalda al aluvión de medidas que el gobierno, en más de 20 ocasiones, ha programado para mitigar un poquito las pobrezas, sin opositar con alternativas solventes y bien argumentadas. Preso del pánico a un VOX, sibilinamente encabronador contra todo pronóstico inteligente, Feijóo, que «ni so ni arre”, defiende la intelectual nada programática inmensa infringida a sus parroquianos, estafándoles el modo de respirar, casi desgañitado y bronco, por la presión de un Abascal que presume de aspirante con capote desgarrado, de maletilla sin verónicas ni estatuarios, contemplando la corrida desde la barrera con traje de luces apagadas y en tendido de sombra, puro en ristre. No se puede ser peor aficionado sin saber de cambios de tercio y exigir berreando banderillas, rejones de castigo y estoques cruzados, cuando lo que se precisan son pases largos con templado compás y música de pasodoble que dulcifiquen la sangrienta lidia del espectáculo “a muerte” por primer enganche. Feijooooo solo es Feijóo en el arrastre con las mulillas enjaezadas en un grana y oro de lo más borriquero. Sus monosabios se han hecho una larga cambiada al ritmo de las estrofas del himno del San José que bendijo desde el cielo aquel Beato Marcelino Champagnat al roer a la francesa jóvenes meninges: «Lo que siempre ha anhelado mi alma ¡UNA FE, UNA PATRIA Y UN DIOS! ¡Y encontrado tan digno tesoro…mi colegio feliz SAN JOSÉ!!!!!». En este punto, un coro de maristas caponeros sobre el acojonado chaval, cuyos padres pagaban una leña marinera por su educación en el frio León, se hacían de cruces ante el «Cesta y puntos» que era el principal objetivo publicitario de esa institución. No estar en ese equipo de marisabiondos era estar condenado de por vida a la mediocridad, de la que solo se podría salir o con mucho dinero (para tener siempre más razón que nadie o más razón que un santo), o con un milagro político que significaría estar de la mano de los ricos mirando en altura de soslayo a los menos favorecidos sin ayudarles, intentando de cualquier manera posible que no subieran los escalones que les separaban, y algo mucho más repugnante que es el preciarse -a boca llena- de cristiano en toda regla. Ese distraído opositor, que no se sabe ni se espera que suba o baje de la escalera, tiene una pata en la tierra helada de los Ordoños y la Urraca que le desabrigaron los maristas malamente, y otra en la profunda Galicia del grelo y la patata que nunca consideraron, bajo la lluvia eterna, manjar de mesa con mantel. Tan abierto de piernas es muy difícil equilibrio para contener la fecunda diarrea de sus feraces consignas y, a la vez, ayudar a las clases más necesitadas. Ya es hora de que un día tenga un detallito con ellas y ejerza de antagonista de Sanchez con alguna diminuta idea que nos ponga de buen humor. De ese buen humor que siempre escaseó en los maristas y del que se le siente incorregiblemente contagiado. Consiga usted, señor Feijoo, unos gramitos de salud mental, y asómbrenos con un deslinde de inteligencia política que dé aire a su parálisis de ideas. ¡Déjenos boquiabiertos! No se abstenga como siempre hace, porque, entre el nuevo y el viejo retrato de la derechona montuna, optar como usted por una vuelta al “paraíso nacional” se le aumenta muy la cuesta arriba a cualquier atisbo de lucidez, por muy de perfil que sea capaz de manifestar a las claras su granítica cara dura.













