Lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas e invocar solemnemente a dios antes de lanzarse a exterminar a su prójimo. Voltaire
Hay en la chopera mundial un susurro del frio aliento de cada uno de sus ingenuos plantones. Es un susurro que primero fue afónico para convertirse en ronco callar cuando se produjo la desgracia del aullido del lobo de los zarpazos acompañando está inquietante y tenebrosa melodía explosiva del soto devastado. La incertidumbre, el desasosiego y el miedo a la naturaleza de estas desafortunadas acciones bélicas se confabulan contra el pobre humano que lee la prensa a diario, buscando alivios inexistentes y algún despistado trazo de esperanza. Desafortunadamente, aquí, en primera página encontramos, ademas de la miseria retratada de la destrucción ilegal de un pueblo, a las bandas desparramadas de esos ridículos patriotas de la España genuflexa ante el endiablado matón Trump, que petroliza el planeta a su antojo y nos encaja el dedo en el tercer ojo sin pedir permiso ni disculpas. La ira de dios no tiene a bien mandarle un rayo liberador al tupé áureo, probablemente porque su existencia cada vez es más cuestionada, saltando de religión en religión que es chapotear reumáticamente de charco en charco como rana ciega jugando a la olimpiada de la idiotez universal. Los líderes religiosos de todas las creencias se alinean sumisos y babosos ante los infames gobernantes porque con ellos medran sus cuentas y su influente poder. Europa no alza la voz y solo cuchichea en los despachos lo bien que les cae ese puto españolito -David contra Goliat-, con su honda huevada de valiente “sacapechos” intentando que el NO A LA GUERRA alimente un clamor universal. Y mientras, por nuestro mapa de la desilusión, las tintas pagadas de los grandes papelotes dan chance a un ridículo desacompasado gallego, con cara de lechuza insomne, ululando que la mortífera invasión no es -ni sí ni no sino todo lo contrario-. Y el barbudo animal inarticulado -pecho tordo-, salpicado de sangre por las ultimas decapitaciones de los suyos, le lame con pasión enfermiza las botas al nuevo empresador-emperador petrolizante que le importan nuestros futuros una puta mierda y menos el ya desafinado destino de la humanidad. ¡Las bombas y la destrucción nos obligan a contemplar “estupefractos”, “acobargados” y “enjodilados!, ya sin palabras precisas para un digerible contar cómo nos ha raspado el alma tanto dolor infringido, violando sin piedad las leyes pactadas y casi olvidadas. Nos recogemos en la cueva poco acogedora bajo la voluntad de ese lado correcto de la historia que tan fácil sería de ver sin el picor que produce el humo de tanta mortífera bomba. Necesitamos con urgencia el maravilloso aburrimiento de la paz que nos avive. La chopera mundial ve como sus plantones se deshojan y miran al cielo hacia donde crecen ya sin esperar ninguna señal que favorezca los derechos humanos.












