Los gastroenterólogos políticos, que se ocupan de los problemas de la mierda en los intestinos de los mandamases, no han dado con la clave de la enfermedad de estos dictadores asesinos, y confían en los coloproctólogos para llegar a las entrañas de estos abyectos sujetos impertinentes y dar una explicación coherente de la situación de desasosiego mundial que han evacuado desparramosamente. Hay una obligación moral para desconfiar, por principio, de cualquier guerra en el corazón de las buenas personas. Aceptar la ley de la selva es propio de buitres, de hienas y de mendrugos a quienes les motiva cualquier cateto «de mal en peor». Tener bajo presión de conflagración la gran olla del mundo solo es bueno para quien manda en el fuego y controla el punto de ebullición. De calentarse a hervir es justo el grado de la indecencia de quien por ambición cocina las relaciones sin el necesario escrúpulo de la ley internacional. La larga sombra del autoritarismo fascista y las ambiciones personalistas acompañan a los inocentes muertos civiles que rellenan los millones de cementerios improvisados repartidos por el planeta. 57 guerras activas y más de 150 conflictos armados dicen poco bueno de este siglo trumpero y netanjero que tan largo se nos está haciendo. Impera el mandamiento de los lameculos y chupabotas, pero sobresalen con su estulticia los cipayos. Sí. Estamos rodeados de cipayos idiotas: “si volaran no veríamos el sol” me dice Boinas torciendo el gesto tras el chato de vino. Como aquellos indios entregados a una causa que no era la suya, sumados a una guerra que exclusivamente daba servicio a los extranjeros dominantes. ¡Otra rondita! para pasar el mal trago de esa IDA que quiere hacerles aquí una fiestuki homenaje al pueblo norteamericano coincidiendo con el 4 de julio para conmemorar el 250 aniversario de su independencia. ¡La pagaremos con nuestros impuestos! ¡Qué alegría y qué contento la de estas cañas en libertad! le digo irónicamente, y el Boinas responde alicaído. “Yo pediría la ración de patatas bravas si no fuera porque me acuerdo sin ganas de los ciento setenta niños asesinados de la escuela iraní. Se me hace bola en el estómago”. Hacemos una pausa larga y por romper el triste silencio que ahoga nuestra cita le suelto: “Ningún hombre es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba y en la guerra son los padres quienes llevan a sus hijos a la tumba”. -Conozco esa frasecita de Heródoto- me suelta y enmudece de nuevo muy afectado supongo que pensando en cómo el hijo de Trump y los familiares de Netanyahu están salvados felizmente de ir a la ilícita guerra contra la razón de las leyes internacionales. Y entonces, el Boinas furioso, me arroja un discurso ralo y sulfurado contra PP, contra VOX, contra Junts y contra todos los que no se posicionan a la contra de cualquier guerra, y echa tantas pestes y tan bien argumentadas que, en silencio, me hago su cómplice. Hay silencios que estorban en la conciencia y que piden salir a gritar contra la salvajada que a diario soportamos desde el día 28 de febrero.
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