Aquí estoy de viernes santo, sin fervor ni emoción, esperando y deseando que la muerte se declare en huelga permanente y que por el bien de mi ignorancia se aclare nuestro futuro inmediato. Es tremendo abrir el periódico por las mañanas con la angustia de que la sorpresa del día nos agobie o nos quite emputecidamente las ganas de ser ciudadano happy . El precio de la sonrisa está en carísimas cotas inasumibles. Flaubert decía que había que ser precavidos con la tristeza, porque tiene la absurda manía de convertirse en vicio. ¡Ahí lo dejo! Vivimos este angustioso momento mundial «a trumpicones”, a la sombra de un monstruo con flequillo de lacas locas que ensombrecen nuestros razonables titubeos sobre la bondad de hombre. Mientras esa cresta de su desaforada ola capilar –caspatea- vidas sin despeinarse, nos ahogamos sin remedio en nuestros vómitos. Esa circunstancia despelotadamente desastrosa, legitimada por las urnas americanas, nos aleja de la pueril creencia de que un joven pueblo noble sea tan indiscutiblemente analfabeto como para subir a un amoral golfo convicto a la presidencia, y que este se convierta en el perverso causante de los desastres que nos cercan sin remedio y sin opción de escape. Contemplamos su juego sucio, su capricho y su sinsustancia emocional internacional como una película de terror que fuera imposible de suceder en el siglo que corre, y nos escandalizamos incluso de nuestra levemente pasiva posición de provincianos insumisos al imperio. Ayer vi en un cine de Madrid el estreno de la GRAZIA de Sorrentino, y me enamoré de un personaje como presidente, con sus muchas dificultades para demostrar o resolver «la belleza de la duda» y rumiar la seca anatomía de la verdad. El trabajazo de un Servillo en estado puro, sin esfuerzos, sin trucos y en una acertadísima interpretación, inmersa en la dimensión humana de un personaje esencialmente dubitativo y remachado al estricto derecho legislativo, me cautivó. Nos regaló actoralmente, muy bien dirigido, la duda y la indecisión como “eje eje-mplar” del poder tratados políticamente a fuego. (El martirio mental de un amor desaparecido y la patética dependencia nicotínica física del humo de un cigarrillo en paralelo ayudaron el empeño). A lo mejor sería bueno que alguien “con un par” le explicara ese tipo de conceptos tan elementalmente humanos a ese americano, baboso analfabeto, que trae en jaque al mundo entero para inflar sus bolsillos con desolación, muertes y plusvalías. Sobre todo, petroplusvalías. Cualquiera apostaría y ganaría porque, este ya demenciado sujeto, no comprendería nada de nada, enfermizamente acorazado en su chamarilera ética o en su rastrera falta de principios. No los desarrolló en su momento y ahora es, orgullosamente, sobradamente y muy repugnantemente Trump: apayasado animal irracional sin necesidad de alma. De ese estado es imposible salir y ese estado tiene un nombre que todos tenemos en la punta de la lengua: ESTADO DEL CUTRERIO SIN PUTA GRAZIA. A lo peor esta columnita es solo un ejemplar capricho de mi pesimismo que, en estas tristes fechas, no se le ocurre hacerse una cubanísima farra sarcástica liberadora neohabanera, mientras se zampa una torrija que endulce esta otra terrible pesadilla que va tomando invasivo cuerpo en el Caribe.













