En el Ministerio de Transportes, bajo la tutela política de Óscar Puente, se reconoce en privado lo que no se admite en público: No saben cómo levantar una estructura que fue referencia internacional en la alta velocidad y que hoy se sostiene por inercia. La bandera que un día fue orgullo del país está deshilachada y nadie parece capaz de coserla.
Los sindicatos, tradicionalmente acusados de inmovilismo, son ahora quienes intentan – con más voluntad que herramientas – enderezar una torcedura que ya es crónica. Pero no se puede enderezar un árbol cuando las raíces están podridas.
La presidencia de Renfe Operadora, en manos de Álvaro Fernandez Heredia, agrava la situación. Su buena fe no compensa su desconocimiento profundo del sistema ferroviario. No acaba de entender las normas, ni los protocolos, ni asume la complejidad regulatoria de un sector donde cada decisión afecta a la seguridad, la operativa y la reputación de la empresa. Actúa como si Renfe fuera. un espacio maleable, un terreno donde improvisar, experimentar o aplicar recetas ajenas al ferrocarril.
La prueba más evidente es la incorporación masiva de perfiles profesionales, la mayoría de ellos directivos, procedentes del mundo del transporte por autobús, profesionales que no conocen el sistema ferroviario, su cultura, su técnica ni sus riesgos. El ferrocarril no es una agrupación de varios autobuses, uno detrás del otro y tratarlo como tal es una temeridad.
Mientras tanto, la estructura interna de los trabajadores de la empresa se descompone.
Dónde están los responsables de la dirección de las personas, de los recursos humanos, e incluso de las relaciones laborales sindicales de una empresa que lleva 16 meses sin Convenio Colectivo. Lo que se ha conseguido es:
– Directivos que han tenido que abandonar la empresa sin poder trasvasar los conocimientos de sus especialidades.
– Áreas críticas sin liderazgo entre los mandos intermedios, que están desorientados.
– Determinadas decisiones que son estratégicas que se han tomado sin el suficiente criterio técnico.
– Y una plantilla desmotivada que percibe que la empresa se está deslizando hacia un punto de no retorno.
Cuando una empresa pública llega a ese estado de desolación, la responsabilidad no es solo de quien la dirige, sino de quien permite que siga avanzando probablemente hacia el abismo sin un plan que garantice un futuro cierto, sin un rumbo y sin una idea clara de gestionar la responsabilidad de lo que debe ser un operador ferroviario.
El tiempo para los parches se ha agotado. Solo falta decidir si hay que salvar a Renfe o simplemente acompañarla en su agonía..
Pero Renfe tiene futuro.















