De todas las suertes negativas que un ciudadano corriente puede soportar esta es la más infame, porque aprovecha canallamente el ángulo muerto de nuestra visión social, amparada en un descanso caluroso bien merecido. Las vacaciones, tras fracasar nuestras juveniles expectativas en la búsqueda de un trabajo que no las necesitara, nos deja a merced de un limbo que desatiende lo básico de nuestra normal necesidad, cociéndola en su propio jugo. A cualquier lugar que acudamos, salvo los dedicados a la restauración, estará funcionando a menos de medio gas con el incordio que supone no poder complacer nuestra cotidianidad con la premura que exige la acostumbrada velocidad de nuestro siglo. Hay una puñetera norma cuyo mandato implícito exige el cambio radical de actividad mediante cualquier tipo de viajes incómodos y aprovechar, en cota de satisfacción estándar alto, los caros asuetos merecidísimos. Y esa condición, aceptada mayoritariamente, genera una vergonzosa culpa por lo estrafalario que resulta socialmente descansar cómodamente en casa. Someterse al mercadeo agresivo, explotador y fullero que rodea al siempre extorsionable turista es la regla a seguir sin rechistar, pagando el precio de ser un recolonizador que exige un tipo de servicios que se crean exclusivamente para dar ocasión de complacer sus gustos. Es miserable este rodar por el mundo, siendo presa de quienes viven de sacarte los cuartos sin ningún tipo de piedad para con tus ansias de conocimiento, de entretenimiento, de aventura o de simple cultura. Un sorprendente conocido me contó que viajaba para encontrarse a sí mismo y que tras varias vueltas al mundo no se había encontrado. Era un navegante solitario. Lo conocí en la Fuerteventura vacía y silenciosa de cuando yo era joven y la isla era hermosísima (lo sigue siendo, pero menos), simple y poco frecuentada. Un tipo este, varado en el puertito de Caleta Fuste, que se alimentaba en sus navegaciones de aceitunas y limones. Me aseguró que el mar era un jardín que cambiaba de flores cada día y que cuanto más viajaba más se acercaba a sí mismo. Su anterior vocación a la de viajero había sido la de profesor de física, y fue la primera persona que escuché hablar de las cuerdas cósmicas, de las partículas subatómicas en suspensión y de esos filamentos de energía que nos colocan el universo a un alcance mental y físico de solo unos pocos privilegiados. Donde no ha llegado el turismo invasor que convierte en parque temático todo lo humanamente interesante viven los sueños de quienes son capaces de con un té helado con limón, un cigarro y una copita espirituosa son capaces de hacer el mejor agosto imaginable sin salir del pisito al que solo han añadido un ventilador de bajo consumo. Y esos sueños agostados de yerba seca son el mejor combustible para los fuegos de la imaginación que, congelados en nuestro interior, nos hacen pequeñitos observando la vida y esperando al noveno mes del año que se llama septiembre, porque era el séptimo del calendario romano. El refugio de las buenas novelas sin leer que esperan en nuestros atiborrados estantes es, sin duda, la más barata y mejor agosticidad soportable para que la imaginación vacacione. Olvidemos, este mes solamente, aquel viejo dicho de San Agustín: “El mundo es un libro y aquellos que no viajan leen sólo una página». Dejemos, en estos 31 días con pocos momentos frescos que el tiempo se pierda solo. Dediquemos estas fechas a la vida gandula, las buenas lecturas y la charleta.












