Según los datos del Instituto Nacional de Estadística en España viven cerca de 700.000 personas nacidas en Venezuela, de las cuales casi 400 mil tienen nacionalidad venezolana exclusivamente. Casi igual número de personas ucranianas (353.009) con residencia en vigor, según el Observatorio Permanente de la Inmigración, permanecen estables en nuestras comunidades. Sumados ucranianos y venezolanos superan a los casi un millón de asentados con nacionalidad marroquí. Pero claro está que estos son más pobres, menos formados por lo general, muy morenos, y para colmo son musulmanes. Por lo tanto, son el blanco perfecto para la xenofobia del PP y de VOX. Es absolutamente vergonzante que el punto de mira se centre en ellos, incluso con la salvedad incomprensible de que algunos venezolanos hayan sido capaces de reunirse en la Puerta del Sol y corear ese lema indecente “Pedro Sanchez hijo de puta”, que fue precisamente quien les dió un tipo de residencia temporal por razones humanitarias de protección internacional que aventajaba las dadas a cualquier otro pais. Si yo fuera del PP o de VOX me preguntaría tres cosas al respecto de lo expuesto.
Una. – ¿A cuento de qué vinieron los casi cien mil soldados marroquíes que calculan los historiadores lucharon en el bando franquista durante toda la Guerra Civil española, perfectamente apalancados en las fuerzas de Regulares, donde se seleccionaba con ojo clínico a los miembros de la guardia personal del dictador? ¿Eran muy buenos aquellos moritos y los de ahora son malos malísimos?
Dos. – Para los “muy oprimiditos de Perro Sanchez” ¿Es de recibo que en aquella época cualquier gritito leve de disidencia que superara el canto de un gorrión se castigara con detención inmediata no exenta de violencia policial amparada por ley, interrogatorios con tortura injustificada, juicios sin garantías del Tribunal de Orden Público (TOP), penas largas de prisión y severas represalias económicas con consecuencias sociales y laborales de por vida? ¡Háganselo mirar porque no acaban de aprender a ser demócratas!
Tres. – La búsqueda de la verdad, que garantiza la libertad de expresión actual, y el «libre mercado de ideas» argumenta convincentemente que la mejor manera de combatir las ideas erróneas o dañinas es mediante el debate abierto y el contraargumento. ¿Prohibir las ideas no fue un gravísimo error? ¿Cómo ideologías extremas que, a lo largo de la historia se demostraron como criminales en diferentes estados, podrían tener representación en el Parlamento si no fuera porque, mal que les pese a los y a los que en sus antípodas no opinamos lo mismo , estamos en un estado democrático homologado?
Con estos mimbres numéricos podríamos emprender cualquier conversacion sobre ese patrioterismo cínico que habla de Ceuta como de una zona de invasión, que echa fuego sobre la discusión del sí o no a la emigración; con argumentos tan “torticeramente convincentes” como que si un ceutí lleva a su perro por la calle y no recoge sus cacas es multado duramente, puesto que los “caballas” pagan sus impuestos religiosamente para mantener limpia la calle, pero si un menor que llega a nado mea o se cisca diarreicamente en un parterre urbano o en una playa chabolera ha de ser protegido, se le ha de alimentar y le han de ofrecer la posibilidad de encauzar su vida como persona de un mundo redondo lleno de difíciles fronteras. (Lo establecen las leyes de la Comunidad Económica Europea a la cual pertenecemos, y el sentido común…comunmente lo ratifica).
Yo me pregunto, en este punto, dónde está el espíritu cristiano o el simple espíritu humanitario a la hora de juzgar este tipo de necesidades, de soluciones y de futuros posibles donde las personas sean simplemente personas, independientemente de su raza, de su nacionalidad o de su credo. Todos los humanos, por vueltas y vueltas interpretativas que se le dé al asunto, tienen por principio el mismo valor y la misma dignidad. Recordemos a Artur Koester, porque viene a medida para este relato: “Las personas no pueden ser tratadas como unidades en operaciones de aritmética política porque se comportan como el cero y el infinito y dan al traste con todas las operaciones matemáticas”. Un 5,6 por ciento de los 50 millones de españoles es emigrante en la actualidad, mientras el porcentaje de población con nacionalidad extranjera en España es del 14,9%. Sobran «arrebatos y vivas» cuando faltan corazones empáticos en esta problemática ecuación que no llega a ser una peca desdibujada en la piel del toro por mucho empeño que se arroje al barro polarizadamente bochornoso.











