Bailando entre la acogida y la invasión, la inmigración se ha convertido en una guerra cultural global que lidera pasito a pasito la derecha más coja, sorda y rancia. Es triste que hayan casi conseguido normalizar que cruzar una frontera pueda ser castigado como se castiga, y que las consignas peleen ridículamente mediatizadas entre lo que se vende, lo que se defiende y lo que no se comprende. Muy triste momento que augura tiempos peores, más intransigentes, menos justos y probablemente inhumanos. Se trata de entender que el hecho de padecer un mal llamado asedio no está incluido en los libros de la diplomacia como una medida liberadora para ninguna de las partes, y que ambas salen perjudicadas de la presión contra quienes lo ejecutan como un imperativo patriótico delimitante. Lo primero que muere en cualquier contienda son las verdades de uno y otro bando. Es un viejo dicho. Quienes hacen como que luchan por una verdad irrefutable disponen en su imaginario la caída de la vida, la libertad de elegir y los sueños de quienes están al mando, reclutando ejecuciones sin medir los riesgos y sacrificando sangres a chorro gordo. Gentes costrosas esas que desprecian a seres humanos y que presumen de ser muy bondadosas, pero fuleramente católicas. (La Iglesia ni está ni se la espera en Ceuta, por poner un ejemplo). En esa bruma dialéctica pringosa pero traslúcida se adivina la absoluta nada de la tóxica verdad ultra convertida en salvaje odio al pobre. Así de feo suena, y así de feo es. Recursos encimados y adelgazados por el corsé de la realidad, donde una patética «prioridad nacional” solo puede respirar miseria emocional sin piedad y sin causa formal. Caridad borroneada tan irrespirable como xenófoba que se pudre en las páginas de sus periódicos y convierte su tinta en mermeladas venenosas. Un tipejo como Rafael Hernando se carcajea en el Congreso de un niño paterista internacional muerto, y nadie le da un bofetón en el rostro de hiena carroñera. Un Trump desatado nos llama idiotas y certifica que tenemos cero control de las fronteras. Un cretino de VOX , hijo de fascistas defraudadores y doloso enano miope, Figaredoso, invita a cazar seres humanos como si fueran animales. Una senadora del PP Celeste Amarilla descarga su discurso xenófobo de alta graduación en las redes y crece su lista de modorroseguidores. Un tontobaba de mi pueblo lleva una pulserita con la bandera del águila y otra con la esvástica, y la luce de bar en bar impunemente haciendo alarde de su ignorancia supina. Un paleta con boina a rosca de salario mínimo interprofesional , en mi calle, acarreando ladrillos, lleva en su coche cochambroso una pegatina que da una patada en el culo a un morito con maleta en la mano. Podríamos hacer una lista interminable de estulticias cercanas y canallas ¿Cómo podemos ser neutrales en este despiadado presente? ¿Cómo ocultar nuestro apocamiento ante los retorcidos principios de estas bochornosas patuleas nacionaletas de pacotilleo? Cómo no hacerse un defensor a ultranza de estas gentes, donde seguro no abundarán los seres de luz porque hace muchos años que sus pilas se agotaron alumbrando la miseria que nadie miró para amortizar un horror imposible de digerir. Niños y niñas en tropel que algunos dicen que nos salen carísimos, como si de verdad las vidas a futuro pudieran ser mensurables en euros. Las comunidades del PP, muy solidarias de boquilla con Ceuta, se niegan en este nuestro último lío chungo a recibir a niños y niñas. Solo la Comunidad vasca ha ofrecido su colaboración con la solución de este problemazo. A lo peor, para nuestro sonrojo y para los infumables pactos con VOX del PP son los únicos españoles capaces de entender que lo más criminal de las fronteras es la repugnante división artificial que separa a las comunidades humanas, y que en su disparatada geografía hecha a tiralíneas genera desigualdades, guerras y ,en definitiva, un modelo desolador de sufrimiento humano.










