Respecto a la reciente visita del Pontífice a Canarias, es imperativo realizar un análisis exegético y político que trascienda la superficie mediática. La visita ha dejado en la ciudadanía la percepción de que el Papa no ha acudido a Canarias para ejercer un ministerio pastoral con el pueblo, sino para articular una representación de una agenda migratoria ajena, ignorando nuestra idiosincrasia, nuestra herencia cultural y el profundo desasosiego social al que nos vemos sometidos. Esta desconexión con la realidad insular ha sido una constante, lo que explica la notable falta de respaldo popular en las calles durante un evento que, por su naturaleza, debería haber sido un punto de encuentro y no de fricción.
Resulta, cuanto menos, inverosímil desde una lógica de gestión pública y eclesial que el Santo Padre haya decidido desplazarse a Canarias para evaluar un fenómeno migratorio que, en términos de magnitud y complejidad, afecta de manera directa y notoria a Italia, sede de la propia Santa Sede. Esta aparente anomalía en el protocolo papal dispara las alarmas sobre la verdadera naturaleza de la visita. No estamos ante una labor pastoral al uso, sino ante una estrategia concertada que denota una preocupante connivencia entre los intereses de la jerarquía vaticana y las directrices de la política globalista actual, las cuales parecen estar coordinadas para imponer una narrativa específica sobre la soberanía de las fronteras.
Lo que suscita mayor rechazo, evidenciado en la opinión pública, es el carácter monográfico y excluyente de este viaje. Mientras se consagra toda la atención a la inmigración, se han omitido realidades humanas acuciantes, como la situación de las familias en La Palma que, años después de la erupción volcánica, subsisten en contenedores, sin que la Iglesia haya mostrado una preocupación comparable. Estamos ante una puesta en escena orquestada bajo una agenda globalista, desvirtuada de las necesidades reales de los fieles.
Esta situación está forzando a muchos cristianos, formados en el estudio profundo de las Sagradas Escrituras y ajenos a la manipulación institucional, a una reflexión crítica. Como advierte Mateo 24, la figura de los falsos profetas es una constante en el horizonte escatológico de la fe. Existe la convicción de que, ante el despertar de una España que observa con legítima preocupación la erosión de su identidad frente al avance del islamismo, la autoridad del Papa está siendo instrumentalizada para desactivar cualquier reacción ciudadana de autodefensa. Es una contradicción inaceptable: se exige una benevolencia absoluta hacia la inmigración ilegal desde la Santa Sede, mientras el Vaticano custodia sus propias fronteras bajo normas estrictas de seguridad.
En definitiva, este despliegue se alinea con una ingeniería social que fractura nuestra identidad, alejándose de la verdadera esencia pastoral para convertirse en un apéndice de las agendas políticas que hoy comprometen nuestra convivencia y seguridad.













