El gran icono e ideólogo de progres y pervertidos: Alfred Kinsey

Estas palabras que escribí y publiqué  hace muchos años en el contexto de un libro sobre la cultura de la vida, vistas hoy, parecen una especie de profecía que se está cumpliendo. Las ideas entrópicas, gestadas y amparadas por universidades y otros centros docentes, de la mano de personajes desequilibrados, y lanzadas al mundo como nuevos paradigmas, condujeron a la dinámica de destrucción social que padecemos en este caótico presente. El personaje que protagoniza este artículo es un fiel ejemplo de ello. “De aquellos polvos vienen estos lodos”, si me permiten el dicho popular.

Alfred Kinsey forma parte del elenco de “magos negros” que han contribuido al caos social de esta sociedad enferma. Sin embargo, es considerado como uno de los grandes sexólogos del siglo XX y sus ideas son muy ponderadas en los foros universitarios denominados progresistas. “Kinsey perfeccionó el arte de utilizar la ciencia para enmascarar sus deseos desviados, con el fin de remodelar la sociedad a su propia y sombría imagen, una imagen para una cultura de la muerte”. Estas palabras del historiador y profesor de ética, Benjamin D. Wicker, dan una idea del perfil del personaje. 

Muchos lectores le conocerán por la película sobre su vida, titulada Kinsey, del director Bill Condon. A decir verdad, el film ofrece de él una visión benévola y romántica que no concuerda mucho con la realidad. Se ve a las claras la intención de lavar su nombre, que viene siendo cuestionado desde hace algún tiempo, así como la autenticidad y conclusiones de sus investigaciones carentes de rigor. Esta es una semblanza de su vida a través de biógrafos que le conocieron.

Fue un niño enfermizo y enclenque que se sentía infeliz y falto de cariño, reprendido por un padre poco dado a las manifestaciones afectivas. Estas circunstancias, sin duda, habrían de tener consecuencias en la formación de su personalidad. Kinsey tenía una mente privilegiada. Gran admirador de la excelencia, era el mejor en todo lo que emprendía. Tocaba muy bien el piano y era un gran experto en pájaros. Fue admitido en Harvard donde se graduó en Ciencias con la especialidad de taxonomía y se convirtió en una autoridad mundial en insectos himenópteros. A todo esto, era un buen cristiano que cumplía fielmente con los preceptos de su religión. Hasta aquí todo perfecto. Pero el hombre guardaba un gran secreto: era homesexual y masoquista, y desde niño era un obseso sexual. Le gustaba masturbarse después de haberse introducido un objeto en el pene. Este comportamiento lo llevó siempre en secreto. 

Kinsey se había ido forjando una falsa personalidad de cara a la sociedad. Hacia fuera era un triunfador; hacia dentro, un pobre diablo, y más cuando sus principios religiosos empezaron a tambalearse al entrar en contacto con William Wheeler, ateo evolucionista, defensor de la eugenesia y director del Instituto Bussey de Harvard. Las ideas de que solo los bien dotados deben procrear y al resto se les debe aislar o esterilizar fueron tomando cuerpo en su la mente y se hizo un gran defensor de la eugenesia.  

Unos años después se casó, más que nada para cubrir las apariencias, y tuvo tres hijos. Publicó varios libros sobre biología y artículos que le granjearon un considerable éxito y respetabilidad académica. Se hizo acérrimamente antirreligioso porque su credo era incompatible con sus prácticas sexuales y con las teorías darvinistas.

El paso siguiente, amparándose en su reputación, sería promover una revolución sexual y que la sociedad aceptara como normal la homosexualidad, el masoquismo y otra serie de prácticas aberrantes. 

Para que sus hijos no tuvieran problemas con el sexo los acostumbró a andar sin ropa por la casa y en la parte trasera del jardín. Asimismo, le gustaba pasearse desnudo delante de sus alumnos cuando salían al campo. También les hablaba de su vida sexual y exaltaba las bondades de la masturbación. Mantenía correspondencia con antiguos alumnos intercambiándose poemas eróticos.

Cuando su mujer se enteró de su homosexualidad se entregó de lleno a la causa de la revolución sexual de su marido y llegó incluso a tener relaciones con hombres a los que él había intentado seducir. 

El cambio de dirección en la Universidad de Indiana propició que Kinsey pudiese llevar a cabo su idea, pues se pretendía darle un giro al centro y transformarlo en una universidad de vanguardia. Era momento, por tanto, de aceptar teorías extravagantes. Los alumnos presionaron para que se introdujeran nuevos enfoques sobre el sexo, y él hizo todo lo posible por ser el elegido para liderar el cambio de paradigma. 

En 1947, Alfred Kinsey fundó el Sex Research Institute (Instituto para la investigación sexual) en la Universidad de Indiana. Él era una autoridad en zoología y eso le sirvió a la hora de buscar dotaciones económicas para ponerlo en marcha. Su plan sexual lo presentaba como un proyecto científico más. Pero tras la apariencia de seriedad, según escribe uno de sus biógrafos, “se escondía un burbujeante caldero de perversidades sexuales, una sociedad en miniatura modelada conforme a la ahora irrestricta libido de Kinsey, un ejemplo de lo que pretendía extender a la sociedad entera”. En las extrañas reuniones que organizaba participaban los altos cargos del instituto y sus parejas, que formaban con él y su mujer un microcosmos de experiencias sexuales, sin tabúes ni ataduras morales. Las esposas eran intercambiadas, y ellos tenían relaciones entre sí. 

Estas orgías, disfrazadas de investigación científica, en ocasiones, eran grabadas, especialmente los actos homosexuales. William Dellenback, fotógrafo del Instituto, asegura que “a menudo filmaba a Kinsey, siempre de pecho para abajo, masturbándose de modo masoquista”. Estas palabras son reveladoras: “En cuanto la cámara empezó a rodar, el mayor experto mundial en el comportamiento sexual humano, el científico que valoraba la racionalidad por encima de cualquier otra propiedad intelectual, se introdujo un objeto en la uretra (dos ejemplos que se ponen son un cepillo de dientes por el extremo de las cerdas, y una cucharilla para remover cócteles), se amarraba el escroto con una cuerda y seguidamente tiraba con fuerza de la cuerda a la vez que se introducía el objeto cada vez más profundamente.

Pero esto no es todo. Kinsey consideraba la pedofilia, la pederastia y el bestialismo como manifestaciones normales de la sexualidad.

Además de compartir experiencias, publicó libros en los que inmortaliza sus perversiones bajo una pátina científica que sirva de guía incuestionable a los continuadores de estas ideas. Sexual Behaviour in the Human Male (Comportamiento sexual del hombre) y Sexual Behaviour in the Human Female (Comportamiento sexual de la mujer) son sus libros más importantes. En ellos, Kinsey se presenta como un mero observador neutral que analiza, siguiendo el método científico, el comportamiento sexual humano, sin tener en cuenta lo permitido y lo prohibido, lo normal y lo anormal. Pero él no era solo un observador sino que participaba de todas las experiencias. 

El inefable docente quería permear en la sociedad la idea de que los comportamientos sexuales que protagonizaban los miembros de su círculo cerrado en las orgías “protegidas” por la universidad eran mucho más normales de lo que se había creído. Establecía que lo que ocurría con frecuencia, debía ser normal. Por ello, todo lo considerado como anormal en las generaciones anteriores había que tildarlo de obsoleto y “no científico”. Creía que, por fin, la ciencia había redimido a la sociedad de las barreras impuestas artificialmente. 

En sus libros, artículos y conferencias manejaba estudios y encuestas falsas. Los datos obtenidos de su círculo cerrado del instituto los extrapolaba a la sociedad para demostrar que las anormalidades sexuales (de unos pocos) debían considerarse normales. 

En la actualidad y desde hace años, sus libros son biblias para todos los sujetos sexualmente anómalos. Kinsey es icono de transexuales, partidarios del bestialismo y todo ese mundo sórdido que pretende que la sociedad lo considere como normal y como opción, incluso como respetable. Grupos seguidores de Kinsey han presionado  para eliminar del DSM-IV cierto tipo de desórdenes mentales catalogados como perversiones. ¡Y lo han conseguido! Así funcionan los lobbies. 

El investigador se consideraba a sí mismo “la Ciencia”. Sin embargo, su ciencia era la exteriorización de sus complejos, perversiones y desviaciones, en definitiva, de su enfermedad. En The Male Report, Kinsey analizaba seis maneras diferentes por las que el varón alcanza el clímax sexual: masturbación, sueños, tocamientos heterosexuales, relaciones heterosexuales plenas, relaciones homosexuales plenas y contactos con animales de otras especies. 

Se ha demostrado que manipuló su investigación para ajustarla a su teoría. Así, las encuestas fueron realizadas seleccionando previamente poblaciones con altos índices de homosexualidad –como si en Madrid se realizan en Chueca—o a personas con antecedentes de agresión sexual y hombres que practicaban la prostitución. Su colaborador Paul Gebhard sacó a la luz sus métodos de investigación, y de él dijo que no computaba a los que rehusaban a ser entrevistados y hacía caso omiso a las advertencias de los expertos en Ciencias Sociales, como Abraham Maslow sobre el “prejuicio del voluntario”, según el cual, los individuos que más se apartan del patrón común suelen ser más proclives a ser entrevistados. Era lógico que a sus llamadas acudiera una proporción inusual de homosexuales y personas que habían tenido comportamientos anómalos. Sin embargo, él publicó los resultados aunque sabía que sus métodos eran cuestionables. La ciencia debía estar al servicio de la revolución sexual aunque la metodología empleada no se ajustase a los protocolos científicos. Esa era su idea. El dato tan repetido por los progres de que el diez por ciento de los hombres son homosexuales proviene de estas singulares y poco científicas investigaciones

En ocasiones, el investigador recurrió a la técnica de manipulación de datos, también llamada de “incidencia acumulativa”, que trata “cada caso como si fuese un caso adicional que se encuadra dentro de todos los grupos de edad anteriores o de todas las categorías previamente analizadas”. Esta técnica engrosó falsamente las cifras de todas las categorías previas, conforme a la idea de Kinsey según la cual cualquier cosa que se haya hecho una vez, debe haberse hecho desde siempre, y le permitió inflar los porcentajes en todas las categorías de edad.  

Que la ciencia se haya dejado manipular por las desviaciones sexuales de un pobre hombre con graves  traumas de infancia hace desconfiar al más ingenuo. Sin embargo, a pesar de sus prácticas aberrantes y sus estudios manipulados, es difícil encontrar literatura en su contra. Lo mismo ocurrió con el descubrimiento del fraude de Margaret Mead. La dictadura científica, al servicio del sistema, no lo permite. El Informe Kinsey es de consulta obligada para los vanguardistas de las teorías sexuales. Nos permitimos aconsejar la lectura del libro de Reisman y Eichel, Kinsey, Sex and Fraud (Kinsey, sexo y fraude). 

ulminante de lo grotesco de sus investigaciones lo alcanza al tratar el tema de la pedofilia y el bestialismo. Para el estudio, según el investigador de su equipo Wardnell Pomeroy, contó con un solo sujeto: un hombre de 73 años que tras su apariencia inocente se escondía un pervertido “multidisciplinar”. Tal espécimen, ya desde niño había mantenido relaciones sexuales plenas con incontables adultos de ambos sexos y con animales de diversas especies y, además, había empleado elaboradas técnicas de masturbación”. Una mina. Este sujeto era la perfección para Kinsey, que consideraba que el ser humano sin ataduras morales es por naturaleza pansexual. 

Sus postulados sobre el sexo de adultos con niños fueron tomados por los nuevos ideólogos sexuales y por las feministas de género que están presionando para que el sexo entre niños y adultos sea considerado como normal. En España, como ya hemos apuntado en otros escritos, se propone la promiscuidad en algunos libros de Educación para la ciudadanía, en los que se incita a ella bajo el eufemismo de “desarrollo de las capacidades afectivas”. 

Kinsey defiende la zoofilia porque, según él, no son científicos quienes rechazan un comportamiento que se da en toda la naturaleza y que solo las personas que practican el bestialismo pueden valorar correctamente estas prácticas. Se apoya en que los apareamientos entre especies distintas se dan entre las plantas y en los mamíferos superiores. 

Nuestra conclusión sobre Kinsey es que era un hombre inteligente y que su admiración por la excelencia le hizo ser el mejor en cuantas disciplinas emprendió. Pero su desequilibrio sexual, que debía haber sido tratado a su debido tiempo le llevó a desarrollar sus teorías delirantes y a llevarlas a la práctica. Sus desórdenes sexuales, ocultos en lo más profundo de su ser, los proyectó a una sociedad a la que quiso moldear a su perturbada imagen. El fétido olor de su herencia científica sigue atrayendo a los maníacos del sexo. 

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