• 22 mayo 2022

Legalización del infanticidio en California. La ley permitirá matar al bebé hasta 28 días después de nacer

Magdalena del Amo

Cuando el cristianismo decae, la barbarie se hace presente”. No podemos estar más de acuerdo con las palabras del filósofo y político del siglo XIX, François-René de Chateaubriand, dirigidas a los ilustrados: “Renunciando al cristianismo, no por ello vayáis a pensar que conservareis las nociones superiores de justicia, las ideas verdaderas sobre la naturaleza humana y los progresos de todo género que el cristianismo ha traído a la sociedad: su dogma es la garantía de su moral; esta moral no tardaría en verse asfixiada por las pasiones no gobernadas por el freno de la fe. Ahora bien, no se vuelven a encontrar las elevadas virtudes cristianas allí donde ha reinado y se ha extinguido el cristianismo”. Su pensamiento recobra fuerza en nuestros días y, muy a nuestro pesar, lo consagra como profeta. Hay que reconocer que causa pena esta reflexión, porque es como dejarnos sin esperanza de recuperar la empatía, la decencia y la moral, esto es, el discernimiento entre el bien y el mal.

La sociedad se deja llevar. No sabe, no se entera, duerme mientras espera. Otros piensan por ella y programan su suicidio colectivo. Cuando no hacemos más que mirarnos el ombligo y ni siquiera para dormir nos quitamos las orejeras y las anteojeras y, a mayores, hemos integrado que la espiritualidad es algo obsoleto y que la natural tendencia a lo sagrado es solo una reminiscencia vana, es lógico que perdamos nuestra sensibilidad hacia lo esencial y que nada nos importe, salvo nuestro propio bienestar, nuestras apetencias y caprichos; sobre todo, si tenemos comida y bebida a discreción, ocio y diversión en abundancia y mundanería variada para elegir. Estas son las aspiraciones de la sociedad frívola del siglo XXI. Nada de pensar en lo trascendente, no vaya a ser que la conciencia se retuerza y se despierte, y nos haga preguntarnos “qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos”.

La consecuencia directa de la descristianización es la barbarie institucionalizada, y no hay demasiado que explicar. Aparte de las leyes de despenalización y legalización de la eutanasia –activa, pasiva, voluntaria e involuntaria—, eugenesia y aborto, la depravación va en aumento, aunque vendida en forma de derecho.

El declive médico y de la ciencia, en general, no es un secreto. Hay científicos de renombre que exponen sus ideas aberrantes, como las de los doctores James Watson y Francis Crick, infanticidas declarados, que compartieron Premio Nobel por el descubrimiento del ADN. Opine, si no, el lector. Señala Watson que “se debería tomar en consideración la idea de privar de su personalidad jurídica al recién nacido hasta tres días después de nacer. Los padres que sospechan anormalidades fetales pueden abortar legalmente, pero la mayor parte de los defectos de nacimiento no son descubiertos hasta el momento mismo del nacimiento”.

Por si esto nos pareciera exagerado, su compañero de Nobel, el doctor Crick le pone el broche con estas palabras: “Los niños no deben tener la categoría de personas completas hasta los tres años. Entonces, un tribunal competente compuesto por tres médicos dictaminará si es apto para seguir con vida”.

El australiano Peter Singer, fundador del movimiento a favor de los derechos de los animales deja sentado en su libro Animal Liberation que algunos animales son más sensibles que los fetos y que hay que darles ese reconocimiento. Según Singer no existe diferencia entre matar a un niño en el útero materno y hacerlo fuera. Pero no porque esté en contra del aborto, sino porque para él algunas vidas humanas no tienen valor ni antes ni después de nacer.

Con semejantes ideas de científicos de renombre no es de extrañar que personas, sin unos principios humanistas, religiosos o morales sólidos, opten por la Cultura de la Muerte.

En esta dinámica, hace tiempo que algunos científicos, siguiendo la pauta de los que acabamos de citar, proponen el infanticidio como una manera de eliminar a los niños nacidos con algún defecto, que no haya sido detectado a través del cribado prenatal. Solo pensarlo debería helarnos el corazón. Y exponerlo también, porque el riesgo de dar forma a un mal pensamiento es que siempre puede aflorar un ejecutor dispuesto a concretarlo en el plano físico. Así ha ocurrido con ciertas ideas delirantes contranatura, y lo mismo está ocurriendo con la legalización del infanticidio. Eso sí, como siempre, rodeado de una buena retahíla de eufemismos.

La noticia triste que motiva este artículo viene de California, uno de los estados más interesantes de Estados Unidos, cuyo nombre y religión –antes de caer en el laicismo radical—, le debe a la Corona española, de la mano del franciscano Fray Junípero Serra, hoy santo. Los vestigios españoles están siendo eliminados, siguiendo la estrategia globalista de cambiar, tergiversar e incluso inventar la historia, para desposeer a la humanidad de su pasado real, en una suerte de lavado de cerebro. Seguro que la gran mayoría de los estadounidenses no saben que el símbolo del dólar está tomado del “real de a 8” español –la primera divisa mundial—, y representa las dos columnas de Hércules y la cinta con las palabras inscritas “Plus Ultra”. Pero este es otro tema.

En Estados Unidos, igual que en el resto del mundo “civilizado”, hace décadas que se ha instaurado la Cultura de la Muerte, y la dictadura de lo políticamente correcto rige, imparte e impone las nuevas normas sobre los antivalores del nuevo pensamiento, surgido de la nueva izquierda del nihilismo y la resurrección del paganismo.

Cada estado, no obstante, tiene sus propias leyes. Por ejemplo, las de Oregón, en materia de eutanasia y suicidio asistido son las más permisivas, rigiendo una especie de barra libre donde nada es ilegal.

Es conocida la ley de Maryland que despenaliza las muertes por negligencia de los bebés en el periodo neonatal, es decir, 28 días después del nacimiento. Esta ley impide la investigación y enjuiciamiento de estas muertes producidas por omisión. Esto quiere decir que la ley ampara que a un niño nacido, menor de 28 días, se le puede dejar morir de frío, hambre o sed, como el protocolo que siguen en el Reino Unido con los que nacen aquejados de síndrome de Down u otros defectos. A estos niños se los coloca en la cuna con el siguiente letrero: “Nothing for mouth”, cuya traducción es “no alimentar”. ¡Terrible! La ley de Maryland, bajo el manto de “justicia reproductiva” defiende el derecho de las mujeres a no ser madres incluso después de haber dado a luz.

California acaba de dar un paso mucho más peligroso. Estos días se debate un anteproyecto de ley que permite eliminar al bebé nacido, no solo por “omisión”, sino por “acción”, sin que nadie pueda denunciar ni pedir explicaciones, como reza el siguiente párrafo de la ley:

“A pesar de cualquier otra ley, una persona no estará sujeta a responsabilidad o sanción civil o penal, o privada de sus derechos, sobre la base de sus acciones u omisiones con respecto a su embarazo o al resultado real, potencial o presunto del embarazo, incluyendo el aborto espontáneo, el mortinato o el aborto, o la muerte perinatal”. Hablar de acción es hacerlo de asesinato.

Por si el acopio de datos acumulado no fuera suficiente, lo expuesto viene a reafirmar el diagnóstico de cáncer terminal que padece la humanidad, con metástasis extendida no solo a los diferentes órganos importantes, sino a los diferentes tejidos secundarios. Estas leyes homicidas no tardarán en llegar a nuestro país. La mujeres ya tienen licencia para matar a sus bebes en gestación hasta el minuto antes de nacer. Falta el paso que las ampare para matar a los niños una vez nacidos. Y estaremos obligados a callar. Cuando hablamos de leyes satánicas, algunos creen que exageramos. ¿Cómo debemos llamarlas? ¿Cómo debemos llamar a sus inspiradores y ejecutores?

No me cansaré de decir que el poder está en nosotros. ¿Qué tal si dejamos de votar a partidos que apoyen la Cultura de la Muerte? “No a la eutanasia, no a la eugenesia, no al aborto”, debería ser nuestro lema. Sin excepciones. Salvaguardar el derecho a la vida, es lo primero. Tiempo habrá de reivindicar el resto de derechos garantizados en la Constitución. Seguro que consiguiendo este, el resto vendrá de manera natural, en virtud de la ley de causa y efecto. ¿Qué tal si abogamos por la información y la concienciación sobre este extremo tan trascendente? Es una manera de luchar contra los ideólogos del laicismo agresivo, que tantas batallas están ganando en los últimos tiempos.

Psicóloga, periodista, escritora

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Un Comentario

  • Admiro su valentía 🌹🌈🙏

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