• 22 mayo 2022

Todos los políticos saben que las farmacéuticas no se hacen cargo de la responsabilidad penal por los efectos adversos de la vacuna

Políticos, médicos, periodistas e instituciones de la pandemia se sentarán en el banquillo

Por Magdalena del Amo
Psicóloga, periodista, escritora

Si la justicia divina existe y la humana no sucumbe ante la corrupción y el chantaje, los políticos de la pandemia y todo su séquito de alguaciles y achichincles se sentarán en el banquillo, acusados de crímenes de lesa humanidad. De momento, puede parecer sueño o utopía, pero un día, no muy lejano, será realidad, aunque no lo creamos. En medio de la noche es imposible imaginar un amanecer animado por el cántico de los pájaros del alba, y mucho menos la luz de sol. Sin embargo, siempre se obra el milagro cósmico rememorando aquel “hágase la luz”, del Creador. Hasta entonces, aún queda mucho por hacer, aunque resulte fatigoso y muchas veces nos tiente adoptar la posición fetal y dejar el tiempo fluir, en una suerte de rendición. Pero hay que seguir haciendo camino.

Nos referimos a todos los políticos sin excepción. Es cierto que el punto de maldad varía en la escala y que caben los matices. Desde los psicópatas y sociópatas puros –algunos incluso con rasgos marcados de asesinos en serie—, hasta los pasivos que permiten ejecutar sin levantar el dedo acusador, hay claras diferencias, pero tan tenues y poco eficaces en el desarrollo de la realidad diaria de la distopía, que se funden en la nada, sin ninguna trascendencia efectiva. Tristemente, todos están unidos en una especie de logia, y encadenados por el silencio. Un silencio de consecuencias irreparables, que marca el inicio de la era tranhumanista de alma calcificada.

Es cierto que los políticos son las marionetas de las élites globalistas y obedecen órdenes, pero todos han sido cuidadosamente seleccionados de antemano –hágase el análisis— para ejercer la tortura sobre sus ciudadanos, y todos se sienten muy satisfechos en sus poltronas “mandando, disponiendo y gobernando”. Pero esta vida no es sueño, sino realidad.

No puedo perdonarles –sobre todo a los de la oposición— que no hayan leído la información de científicos independientes que cuestionan las vacunas con argumentos contundentes. Todos, sin excepción, conocen que las farmacéuticas no se hacen cargo de la responsabilidad penal por los efectos adversos, como mielitis, trombos, neumonías bilaterales y muerte. Lo saben todos los políticos, pero ninguno ha tenido la iniciativa de presentar una moción para su debate en el Congreso. Ni siquiera cuando les hemos puesto en la mano los estudios de Campra Madrid han sido capaces de reaccionar, si es que se han tomado el trabajo de leerlos y analizarlos, que lo dudo. Ítem más, no dijeron ni una palabra cuando la ministra Margarita Robles apartó de su cargo al coronel Carlos Martínez-Vara de Rey por pedir la suspensión cautelar de la vacuna por contener óxido de grafeno. Él sí se amparó en la investigación de Campra. Es indecente y cobarde que todos los políticos permaneciesen mudos ante la injusticia. Y es que la mordaza parece ejercer un atractivo fatal en la clase política. Es como si al llegar al escaño, automáticamente, quedase desenmascarada la verdadera esencia de la persona.

Por otro lado, no conozco a ningún político empático que haya dimitido por no poder soportar la crueldad a la que está siendo sometida la sociedad. Les importa un bledo. Ellos son beneficiarios de la crisis y las restricciones porque no las padecen. Se hablaba hace tiempo de hacer desaparecer la clase media, y lo han conseguido en tiempo récord. Más de medio mundo está arruinado, sin poder hacer vida normal por la pérdida de poder adquisitivo. Ya pocos viajan por placer: unos por falta de dinero, otros por miedo a contagiarse y otros por falta de motivación. El “quédate en casa” se ha grabado a fuego en el subconsciente de gran parte de la población. El síndrome de la caverna es una patología que estamos viendo en las consultas, aparte de otras como el síndrome de estrés postraumático, con el agravante de que la causa del trauma no ha desaparecido, por lo cual es mucho más difícil de tratar. Las consultas de los psicólogos y los psiquiatras están a tope. Las farmacias venden más ansiolíticos que nunca y muchas personas se sienten sin una razón para vivir.

En el Núremberg II también serán juzgados los representantes de las instituciones mundiales que, bajo el digno disfraz de salvadores, rigen la marcha del mundo; entre otros, el BM, el FMI, Davos, Bildelberg, con la OMS de portavoz, con grandes conflictos de intereses con la industria farmacéutica y, tangencialmente, con organizaciones y corporaciones que, en este momento, dominan, entre otros, el sector energético, el financiero, las telecomunicaciones y, como tema central, la salud. Entre todos conforman la gran tela de araña que nos atenaza y ahoga. Ellos son los amos del mundo que, a su vez, obedecen y rinden culto a otros “superjefes”. Pero este es otro tema.

Todos deben responder ante los tribunales por esta guerra de nuevo cuño, sin cañones ni bombas de racimo, pero tremendamente letal. William Cooper, que trabajó para el servicio de Inteligencia Naval de Estados Unidos es autor del informe “Silent weapons for quiet wars” (armas silenciosas para guerras tranquilas), publicado en 1991, en el que establece la estrategia del Club Bilderberg para las próximas décadas. Aunque se refiere más a argucias de tipo educacional, emocional e intelectual, la vacuna covid, que está causando tantos muertos y deja un buen número de supervivientes heridos de guerra, con su sistema inmunitario “mutilado” y múltiples efectos adversos, podría enmarcarse en estas guerras tranquilas. Nadie se hace responsable de los daños, porque la dinámica aconsejada por los CEO de las farmacéuticas es negarlo y atribuir la causa a la coincidencia.

Los practicantes de la caza mayor dicen que cuando una fiera está herida “se arranca” y eso la hace más peligrosa. Nuestros enemigos están heridos de muerte y reaccionan igual que las fieras. Por eso son doblemente peligrosos. Basta ver el aumento de la dosis de maltrato social en los días previos a Navidad, que se prolonga hasta ahora. La sociedad está siendo torturada de varias maneras, y sin tregua. Se está practicando un suicidio asistido colectivo, y esto no puede quedar impune.

Estos días, saltándose las opiniones críticas de expertos independientes, están inoculando a los niños con el fin de introducirles el óxido de grafeno y el código MAC adress –que registra el bluetooth del teléfono— y la circuitería encontrada recientemente en los análisis de los viales, para marcarlos como rebaño propiedad de los señores del NOM. Y, encima, los ponen a hacer declaraciones, con guion sobre lo bueno que es el pinchazo. Normalmente, la prensa pixela la carita de los niños en la playa o en cualquier evento familiar, pero para hablar de la vacuna los exhiben a cara descubierta. ¡Qué vergüenza de hipócritas!

Estos días está muriendo gente en los hospitales, con dos y tres dosis inoculadas, y ya no tienen cómo esconderlo. Por eso están tan histéricos mintiendo y dando datos falsos. La culpa de las vacunas se la atribuyen a los no vacunados. Ellos están en el punto de mira y sufren acoso y presión continuos por parte de la oficialidad. El pueblo liso y llano traga y repite lo que oye en las tertulias, pero muchos ya están empezando a sospechar que algo no cuadra. La frase de los vacunados “yo ya no sé qué creer” se repite a menudo en las aceras y en los bares a la hora del café, entre gente normal. Y eso no pueden permitirlo. Por eso han incrementado la emisión de la propaganda de guerra y los mensajes amenazadores de miedo y muerte. Otras frases del estilo de “con dos dosis y cogí la covid, pero si no llego a estar vacunado, me habría muerto”, también son frecuentes. Así infecta la manipulación, ante la cual solo cabe el antídoto de la información, a través de vías veraces libres de sospecha. Hay que aprender a elegir.

Se inventan verbos como “gripalizar”, un palabro con dos sentidos: por un lado, se resta importancia al supuesto virus o variante, diciendo que es muy contagiosa, pero invitando a hacer vida casi normal; y por otro, se nos advierte de no bajar la guardia y continuar con las restricciones y haciendo test. En definitiva, el mensaje subliminal es que la vida a partir de ahora será con mascarilla, distancia de seguridad, pasaporte covid, test continuos y control policial total. Es decir, ya confiesan a las claras que nunca volveremos a ser libres, que nuestra esclavitud es para siempre. ¡Pero no se saldrán con la suya!

Como acabamos de expresar, estamos viendo a una sociedad enferma. Los mayores se mueren de asco, por haberles privado de sus actividades, del sol, de ver a sus hijos y nietos, de los viajes y abrazos, pero, sobre todo, porque la propaganda de guerra del sistema se ha encargado de tatuarles el miedo en el cuerpo. Como ya quedó dicho, los intentos de suicidio y los que llegan a consumarse aumentan cada día entre jóvenes y personas de mediana edad. No es de extrañar dadas las situaciones negras que dibujan, sembrando pesimismo y desolación.

Las élites y sus ayudantes tendrán que pagar por todo esto. De la sociedad considerada en bloque no podemos esperar mucho, pero confiamos que los jueces sean implacables y los condenen a la máxima pena. Ni siete vidas que vivieran bastarían para resarcir el mal que están creando en la sociedad. Aunque esta esté dormida.

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