Un cateto, aprendimos de chaval a coscorrones, es cualquiera de los dos lados menores que forman el ángulo recto en un triángulo rectángulo. Ahí, en lo mejor de lo peor, en lo matemáticamente cutre, en el ángulo más oscuro y planchado del catetísmo a lo largo e incluso a lo ancho, regado por el Jarama que Ferlosio retrató en curso paleto húmedamente y sofocante, un Ayuntamiento, el de Algete, a puerta cerrada, borra en la placa de un edificio ya emblemático de la pedanía, el nombre de SERRAT. El muy querido Joan Manuel Serrat, el músico más internacional, reconocido y respetado de la historia contemporánea española es sustituido de un plumazo por un esforzado filarmónico vecino del pueblo, apenas conocido ademas de por su familia por un centenar de paisanos entusiastas del chimpúm que podrían acompañar “de oído” cualquier partitura peperinísima. Entiendo en la ilógica de esta decisión que su alcalde, Fernando Romo Raposo aspire ahora, cometido este atropello a la inteligencia y a la honradez, a cambiar el nombre de la famosa Fuente del Burro de su localidad y dedicársela por ejemplo a Ayuso con la que mantiene una simpatía garbancera bien correspondida, llena de gorgoritos rebuznantes y arrumacos políticos de jumento calvoroto. El inefable hijo de «La Juli”, -Romo y Raposo-, pasará a historia municipal por este vergonzoso detalle contra el idolatrado cantante que desaparece de su callejero, pero, estoy seguro, no de los corazones de los algeteños. Muchos de ellos fueron concebidos y casi todos arrullados con las melodías y versos del catalán que inundó nuestros corazones de bondad, de belleza y de hermosas valentías poéticas. La vergüenza lo ha de perseguir -de por vida-, y todo el mundo sabe que esta es ácidamente persistente y aguda cuando tiene razones suficientes para el sonrojo. Imagino que el nuevo nombre del callejero, Cruz Epifanio Mateo Fernández, apodado “Pifa”, estará, vivo o muerto, feliz de ser asirocadamente distinguido con ese necio honor de Consistorio apeperado que certifica sordamente en un excéntrico y vengativo antojo de libro su indudable y honrada valía musical para el pasodoble cañí tan popular (Esa españolista marcha militar de carrerilla que obliga a la tropa para dar 120 pasos por minuto). Hay que tener muy acerados cojones para dejar suplantar con su nombre y apellidos al irremplazable, al imborrable, al admirable Noi del Poble Sec. Dan mucha pena estás tropelías trapaceras de políticos que ensucian la memoria, ciscándose en lo razonable con el bobo fin de sumar su idiotez a las campañas feroces contra la izquierda que abandera esa colosal intelectual que en Madrid reina IDA, y que desconoce todo de casi todo sobre el valor de ese ángulo recto que se soporta exclusivamente por los angulados y ungulados lados catetos más pequeños que la acostada hipotenusa mental de su MARdato. Algunos, al pasar por la calle, rezongarán a la vista de la nueva placa: «Señor, ¡qué cruz!». Agacharán la cabeza abochornados recordando al Machado que tan bien musicó el maestro borrado allá por los difíciles 1969 sin llegar a estos versos que ahora vienen al caso:
Castilla miserable,
ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
¿Espera, duerme o sueña?














