Me recordó un amigo, hace unos días, esta festividad ancestral, que solamente celebré una vez en mi vida, al borde ebríaco, en la casa de unos compañeros ponferradinos que consideraban la castaña motivo suficiente para una gran “castañada total de jóvenes vinos y orujos añejos”. Este año toca celebrarlo el día que le sale de los santos huevos municipales en cada pueblo, al menos en mi provincia leonesa. Si elevamos a mayores esta fiesta castañera, asada en tambor de hojalata o en tixola gallega, entenderemos un papel social que planeaba por encima de la celebración, para ser un recurso alimentario esencial de las familias en los inviernos de épocas pasadas. Una harina con la que sustituían el trigo, el centeno y la cebada por una molienda más dulce y barata. Sobre todo, barata. Los que ya cumplimos muchas castañas, hemos aguantado solemnes castañas de nuestros políticos nos hemos accidentado por ridículas castañas, caminando, en bici, en moto y en coche; hemos abandonado felizmente relaciones consideradas una solemne castaña, y, sobre la marcha, hemos sobrevivido a épicas castañas en momentos oportunos e inoportunos, estamos de “magosto in pectore” prevenidos, porque sabemos a ciencia cierta lo que es una castaña pilonga desde muy niños. Una pilonga se ha de rehidratar, a remojo en agua de lluvia, o cocer en los guisos con cuidado en los tiempos, para que enterizadas sirvan de elegante acompañamiento gourmet. Este reconocido y venerado fruto de la familia de las fagáceas tiene una delicada preeminencia en Francia, donde, confitadas, se convierten en ese manjar llamado “marron glacè” que tantos estragos hace en el estómago delicado, por su alta concentración de carbohidratos. Y dicha toda esta retahíla de este fruto tan bien considerado, hemos de acercarnos al magosto político que nos ofrece este viaje a las urnas, y que muy poco o nada tiene que ver con el ancestral feriado aldeano. Se nos invita a un festivo magosto de castaños de indias envenenado y venenoso, con el sabor amargo de la terrible esculina en urna, que nos han preparado entre unos y otros, que poco tiene que aportar a la democracia de las reválidas, aunque sí a la oferta de ideas, tras una polarización poderosa e hiperventilada. Todo vale con los frutos de estas incomestibles castañas, que se visten de sus mejores galas para convencernos de una bondad inexistente, sin inocencias en la gran mayoría de sus mensajes. Hay que tener mucho cuidado, porque estando como estamos obligados moralmente a contribuir masivamente, por nuestro bien, a esta convocatoria definidamente magostera, hemos de recordarnos que incluso las buenas castañas moñas, zapatonas o rodalanas, contienen taninos y almidones que pueden provocarnos grave acidez, y sobre todo estreñimiento ferozmente insoportable. Recordemos cuando con nuestro voto bien pensado, bien cocinado y limpiamente presentado nos acerquemos a este festival electoral del 29N, hacerlo con los debidos respetos, porque los estreñimientos graves tienen muy mala curación, en estos casos con mala ejecución, y se prolongan a veces peligrosamente durante demasiados años. Lo conveniente, lo razonable y lo sensato es hacer todo lo posible por no sufrir acideces y no cagarla a culo lleno con esa euforia del bocado gordo, que nos caracteriza como españoles-europeos. La legitimación de los mejores castañeros pasa por su moral, su proyecto social y su capacidad para dar digestión a proyectos sociales que amparen a los más necesitados, a las clases menos favorecidas, y a esos trabajadores que sostienen el pais, confiados en que bajo esos frondosos árboles para todos los públicos se mantenga la sombra fresca con libertades de un futuro más igualitario y justo. El progresismo no espera que esta convocatoria se torne en un MAGOSTOSTON de trasnochados indigestos abismos retrógrados, donde el alimento se confunda con esos rarunos verdes frutos con pinchos ultramontanos que algunos postulan como remedio de mano dura aplicado a nuestros males.












