Para no llorar: lo dramático en clave de humor

Por Pascual Uceda Piqueras
Filólogo, experto en Cervantes y escritor

Todos los que hablamos la lengua de Cervantes recordamos ese trabalenguas que, evocando la imagen de unos “cielos enladrillados”, servía para ejercitar la buena dicción entre las miríadas de hispanohablantes repartidos por los cinco continentes.

Se trata, pues, de un ejercicio de pronunciación centrado en la dificultad articulatoria, donde el tema del texto, por absurdo, apenas destaca sino por su hiperbólica referencia espacial. ¿Recuerdan?: “El cielo está enladrillado, quien lo desenladrillará…”. Un juego pueril, en esencia, que provoca la risa a poco que la lengua del declamador tropiece con los alveolos en vez de con los dientes a la hora de pronunciar esas sílabas trabadas que dan nombre al ejercicio.
Ocurre, sin embargo, que en estos tiempos donde comienza a reinar la distopía, el uso de estos juegos de palabras y otros parecidos comienzan a proliferar como algo endémico y definidor de ese nuevo rumbo que está tomando la sociedad; solo que ahora desprovistos de ese áurea infantil y centrados en subvertir las sanas tradiciones y los valores humanos en aras de oscuros intereses.
¿Cómo considerar, si no, el trabalenguas con el que nos han sorprendido en un reciente telediario matinal, donde un locutor –con visos de aprendiz de brujo— nos dice que los cielos, que estaban desozonodados se han vuelto a ozonodar, y que los culpables del desozonodamiento buenos desozonodadores serán?

Absurdo, ¿verdad?, o quizá no tanto. En resumen, la noticia venía a decir que el agujero en la capa de ozono que protege la Tierra de las nocivas radiaciones solares terminará por cerrarse definitivamente en el año 2040, gracias a la correcta intervención de todos nosotros que, al parecer –según relato del propio locutor—, ya no usamos laca para el pelo ni compramos frigoríficos; es decir, productos que contienen clorofluorocarbonados.
El presentador no escatima en el empleo de un tono triunfalista con ínfulas paternales: “¡Esto salva vidas!, pues evita la dañina radiación solar”. Como podrán imaginarse, resulta muy difícil sustraerse al tono irónico que suscita el comentario. ¿De verdad que un bote de laca y una nevera pueden llevarnos al Apocalipsis? No de otro modo, ¿cómo no imaginar a todas aquellas señoras empuñando sus botes de laca como si fuera un arma de destrucción masiva?
Hasta aquí, todo lo dicho podría pasar por algo anecdótico – rayando en el descaro y en la tomadura de pelo—, propio del embaucamiento al que nos tienen acostumbrados desde los canales oficialistas. Sin embargo, el hierofante matinal, en el ejercicio del (ab)uso de la palabra, y aprovechando ese recién creado estado de triunfalismo sobre el agorero destino que nos aguardaba tras el fabuloso agujero, se dirige a sus televidentes para señalar a la nueva causa de asombro sobre la que deberemos centrar ahora nuestros miedos: el cambio climático. ¡Y todo por arte de birlibirloque!
De este modo, el conjuro televisivo, que había sido abierto entonando su particular abracadabra: “clorofluorocarbonados”, penetra finalmente en la psique del auditorio al objeto de manipular su opinión y redirigir su conducta. Continúa el oficiante: “Hemos vencido a la primera gran catástrofe que se cernía sobre el mundo (la recuperación de la capa de ozono), ahora nos toca hacer lo propio con la segunda, el cambio climático”.

En efecto, parece que el distópico juego de palabras comenzaba a asomar a través del discurso del locutor, pues si acababa de reportar la noticia de que “el cielo volvía a enladrillarse”, esto es, a regenerarse la capa de ozono, a renglón seguido nos decía que el manido cambio climático lo “desenladrillará”.
Nos conmina, pues, el vendehúmos desde su negro altar de las ondas, a seguir las directrices de esa funesta Agenda 2030 en lo relativo a hacernos creer que somos los culpables directos de la ruina y la destrucción climática de nuestro propio planeta. Un nuevo pecado que debemos espiar –en ausencia del original, ya defenestrado y pasado de moda en Occidente— a mayor gloria de esos nuevos-viejos ídolos cornúpetas que asoman su barba de chivo por cualquier esquina de nuestras calles.
distopías aparte, absurdos televisivos, chanzas y romances de ciego, la ceremonia oficiada por esa caricatura de periodista desde la siniestra “caja tonta” nos deja una inquietante sensación: la idea de que las élites que nos gobiernan en la sombra quieren hacernos creer que nuestros cielos están puros y limpios como la patena.

Es decir, una vez más, se trata de una cortina de humo para ocultar, precisamente, lo contrario: nunca nuestros cielos se hallaron tan impuros y contaminados como lo están hoy en día. Y no por causa de la laca que utilizaba nuestra abuela –cuyo bote podría haber sido adquirido en el mercado de Wuhan—, sino por unos aerosoles mucho mayores que, confundidos entre miles de envases de aluminio con alas que surcan nuestros cielos, nos rocían de continuo sin ningún tipo de remordimiento ni la más mínima afectación. ¿Alguien dijo chemtrails o geoingeniería? Convendrán conmigo que se trata de un asunto harto espinoso.

Supongo que ustedes no habrán caído en la ilusión conspiratoria de pensar que esas estelas que dejan los aviones, no ya en medio de los campos –que tampoco—, sino en el centro justo de nuestras ciudades y poblaciones (cuya legislación municipal suele impedir el sobrevuelo de aeronaves), pudieran ser algo más que la condensación de los vapores emanados de los motores a reacción. Porque el “bulo” de las sustancias químicas y metales esparcidos sobre nuestras cabezas no es más que eso. ¿No les parece? Que si interviene en la radiación solar, que si modifica el clima, que si interviene en procesos psicológicos del individuo, que si produce esterilidad, que si los metales que contienen interaccionan, al ser respirados, con las ondas electromagnéticas procedentes de la red de telefonía 5G, etcétera, son solo leyendas urbanas.
En fin, sería cuestión de preguntarle al hierofante de la tele que opina al respecto. Quién sabe, a lo mejor nos sorprende y se atreve a revelarnos el final del trabalenguas: “…el buen desenladrillador que lo desenladrille, buen desenladrillador será”.

 

 

 

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