Pimporretas imperiales

Eduardo Toral

Eduardo Toral

Vuelven los antipatriotas herederos de aquel golpe de antipatriotas contra el orden legítimamente establecido, “la mirada clara y lejos”, aupando volanderos en la –asonada- a un enano dictador. Vienen a llenarnos con el humo tóxico de la vergüenza las calles que sembraron de muertos en su capricho fascista, “con la frente levantada”. Vuelven con sus banderas, con sus brazos en alto y con su obscenidad flatulenta de crueles vencedores. (Realmente no puede volver quien nunca partió ni tomó la nave del olvido). Están ahí, y, de vez en cuando, con o sin permiso de la autoridad, nos conmemoran que son -lo más de lo más- del descaro en los entusiasmos por glorificar al JAPDR “ausente”. Un molesto “ausente” al que Franco, que le tenía a la vez manía y envidia, robó su idea robada a Ortega que se lo había robado a el Cid que lo había tomado prestado de algún verso de Fernán González… la embaucadora maravilla de una “Unidad de destino en lo universal”. Negrín, Prieto y Azaña pasaron como del ricino, sin sucumbir, de las persistentes y envenenadas adulaciones interesadas de este aristocrático -camisa azul- que negó en su juicio, cínicamente sin valentía alguna, sin vergüenza torera y sin escrúpulos, cualquier tipo de participación en el golpazo. Con todo y con ello fue condenado a muerte “por demostrada conspiración”. Los historiadores de uno y otro bando coinciden al contar que -los sublevados- no movieron un dedo más allá de unas desventuradas “largas ofertas caballerescas” de canje, para que esa condena a muerte ganada a pulso, por un potencial Führer según unos o de un edulcorado Duce según otros, no se llevara a cabo. Tras el final de la contienda, el cuerpo del fusilado -según estricta ley en paredón- fue exhumado y llevado a hombros desde Alicante hasta El Escorial. Paso a paso. Tropezón tras tropezón, para legitimarse, la dictadura necesitó deslegitimar el régimen del II República a puntapiés con las botas gastadas de estos adoradores-porteadores del mártir. Los putos republicanos serían anticatólicos, antinacionales, anticlericales, antifamiliares puteros, casi antipiréticos y de casta gazmoña… calentados por los aprovechados cálidos abrazos pulperos de los putos comunistas, los putos judeomasones, los putos anarquistas y toda la puta patulea roja, -esa chusma piojosa de flojos y perdedores-. A la otra parte del espejo: los fetén chachi-piruli, los guapos, los machos ibéricos carpetovetónicos, los elegidos para la gloria… los “losloslos buenos”: los nacionales. Al rescoldo de estas ardientes bestiadas, alentados por un franquismo tan rancio y pasado de moda, se subliman achispados en estas manifestaciones como desparramo anacrónico más o menos molesto, pero, por mucho que la modernidad los haya baqueteado, no conviene olvidar que, aunque hayan besado zarandeados por los vientos de la historia la sucia lona política, están irracionalmente operativos y que no son tan solo una manual pajillería colectiva de nostálgicos. No nos hurtaron. Estos drogados vesiculares nos robaron la bandera. Nos dejaron huérfanos de trapo chulo. La pusieron un pollo negro, y tras esconderlo a desgana entre sacristías y cortijos, empujados y zarandeados por las verdades del gallinero, (más verdaderas que las del barquero), no nos la han devuelto nunca jamás, aunque es sabido por los más “gallos” que se puede comprar a precio muy económico en los engañadores chinos. “Los del ojo rasgado siempre andan por cualquier parte y nosotros vamos mucho por ahí” dijo el Boinas que no me movió una coma ni un punto en este caso. Le contesté: -“Nos van a robar la calle un rato, estos fumados del ardor guerrero, con y sin beneplácito de los mandamases del Gobierno, querido amigo-. ¿Qué será lo que de verdad quieren robarnos?”. La respuesta como siempre es el resolutivo as de la manga de mi sabio compañero de vermut cuando se cala la boina -a rosca ladeada- : “Se puede robar una idea de la mente de alguien pero no se pueden hacer germinar nociones sociales ni planes para todos los públicos en cabezas de cemento armado curadas cara al sol. ¡Coño! ¡Que quieren robarse la respiración de la libertad! ¡Píllalo! .

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