• 15 agosto 2022

Los cistercienses ocuparon la abadía de Iratxe hasta la Desamortización

El Camino de Santiago: reflexiones de una peregrina consciente

Por Magdalena del Amo
Psicóloga y periodista
Autora de El Códice de Clara Rosenberg

La cámara de fotos era como una extremidad más de mi cuerpo, unos ojos ejecutores capaces de hacer el milagro de sujetar briznas de tiempo y encarcelarlas para siempre. Cada rincón elegido, cada pórtico o capitel eran portadores de un momento único en la historia del mundo. El Camino me estaba enriqueciendo. Y aunque no iba disfrazada de mística, sentía que mi corazón se ensanchaba y que mi espíritu se arrobaba ante la grandeza.

El grupo era como un microcosmos del Camino, donde todas las sensibilidades estaban representadas. Unos querían rezar y hacer crecer su fe; el fin de otros era comer, beber, trasnochar y levantarse a media mañana; otros buscaban la comunión con la naturaleza, a base de castigar el cuerpo con el cilicio de las caminatas bajo el sol. Yo disfrutaba con cada una de las caras del poliedro vital, pero no podía concebir el Camino sin impregnarme de la huella dejada siglo a siglo por tantos penitentes que lo recorrieron en busca de una indulgencia para el más allá o una remisión de la pena para el acá, o incluso la de los aventureros y goliardos que aportaban la nota festiva y picaresca.

Me gustan las piedras, porque cuando la espiritualidad se funde en el arte del cantero, brota el milagro que mueve corazones y abraza conciencias. Iglesias, cruceiros y monasterios son jalones que se brindan a transmitir gustosos los porqués lanzados al infinito. Si no existieran, la Ruta Jacobea se habría disipado como nubes en un día ventoso.

Caminamos por uno de los barrios más antiguos de Estella en busca de la iglesia del Santo Sepulcro. Conduce allí la antigua Rúa de los Peregrinos, donde en el Medievo tenían sus puestos los curtidores de pieles, de ahí el nombre actual de la calle. Románica en sus inicios, la construcción incorpora diferentes estilos a lo largo de tres siglos, que van del tardorrománico al gótico. Nos paramos ante la fachada y reparamos en la esplendidez de las estatuas en hornacina alineadas a ambos lados de la portada, a mayor altura. El monumento tiene algo de enigmático. La portada gótica de arquivoltas abocinadas es de gran belleza.

Cuando en Puente la Reina y Cirauqui visitamos las iglesias de Santiago y San Román ya sabíamos que en Estella nos esperaba San Pedro de la Rúa para formar la tríada de los arcos lobulados.

Los peregrinos entraban y salían. Algunos demostraban interés por el arte y analizaban capiteles e imágenes. En el interior, un guía nos habló de los elementos de finales del siglo XII y nos hizo reparar en la cabecera de la iglesia y en las naves del XIII, con cubiertas de siglos posteriores. La torre situada en el muro norte tiene un espléndido ventanal de tracería.

Continuamos el recorrido por los monumentos civiles. Hubo tres castillos: el Mayor, el de Belmecher y el de Zala-tambor. Su esplendor económico se sustanció en la construcción de edificios religiosos y civiles. El castillo Mayor se empezó a construir en el 1024 y fue residencia de los reyes desde el siglo XIII al XIV. En 1572 fue demolido por Fernando el Católico, una vez tomada la ciudad.

Nuestro próximo objetivo era el Palacio de los Reyes de Navarra, el único edificio civil de estilo románico de la Comunidad Foral. Fue construido en el siglo XII y es conocido también como Palacio de los Duques de Granada de Ega. En la actualidad acoge un museo de pintura. La fachada principal está dividida en dos cuerpos por una cornisa moldurada sencilla. En el piso inferior hay una galería de cuatro arcos enmarcados por columnas adosadas al muro. Uno de los capiteles representa el duelo de Roldán y Ferragut, escena que ya habíamos visto en una placa de bronce en Roncesvalles. El resto de los capiteles muestran decoración vegetal y figurada.

Se acercaba la hora de emprender una nueva etapa, pero aún nos quedaba la guinda. El Monasterio de Iratxe nos esperaba estático a los pies del Montejurra. La iglesia románica, el claustro o la sala capitular nos hicieron volver a los primeros años del siglo XII, cuando los monjes blancos se instalaron en lo que en el Medievo debió ser un helechal, de donde recibe el nombre. Los cistercienses ocuparon la abadía hasta la Desamortización. Después el abandono cayó sobre ella tendiendo un oscuro manto que habría de durar décadas. Los teatinos cuidan hoy esta joya de la espiritualidad medieval e impregnan el aire con sus notas corales.

El sol había alcanzado su cenit y enviaba sus rayos castigadores como espadas de fuego. Los peregrinos se agolpaban frente a la fuente de las bodegas, que tiene la originalidad de manar vino y agua a través de dos caños, cosa que agradecen los romeros sedientos.

(Fragmentos de mi novela El Códice de Clara Rosenberg. [De Roncesvalles a Compostela], publicada en 2016).

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