Aborto, una cuestión de elección sin ambigüedades: defender la vida o matar, el bien o el mal

Nos avergüenza decir que el aborto vuelve a ser noticia, pues deberíamos tener siempre presente el acto execrable que supone arrancar de las entrañas de una mujer al hijo concebido. Son los peajes del llamado Estado del bienestar, matriz del relativismo moral que nos impele a obrar en función de la conveniencia del momento.
La noticia viene a cuenta de la polémica suscitada entre VOX y el resto de partidos laicistas, entre ellos, aparte de los del rabo peludo, la cada vez más zurda formación de Feijóo que, de momento, sigue nadando entre los frailes y las monjitas de los conventos, alguna gente de bien, que aún queda, aunque despistada, y los más progres de la avergonzada derecha de la que apenas quedan las raspas.
Los del partido verde, hasta donde sabemos, no pretenden una rebelión contra la patria para merecer la amenaza por parte de Sánchez de un 155 en la Comunidad. El delito es bien distinto. Se trata de que los médicos informen a las mujeres que acuden a un abortorio, de la trascendencia del hecho. Debería ser el protocolo normal, dado que eliminar a un bebé en gestación no es una intervención intrascendente y tampoco las consecuencias. Que se lo pregunten a los miles de mujeres que sufren el Síndrome Post Aborto en sus variadas manifestaciones, muchas veces, de por vida, aunque ni ellas mismas conozcan el origen de las dolencias que les afectan.

Proponen los de Vox que las embarazadas escuchen el latido del corazón de su hijo y vean la ecografía en el monitor. Los antivida han reaccionado echando espuma por la boca, como los posesos ante lo sagrado. Se oponen a ello por varias razones de peso: por una parte, tienen que ser fieles a la Agenda 2030, que ordena abortos masivos en cumplimiento con el plan genocida y sacrificial para honrar a los entes maléficos que se alimentan del dolor humano, el caos y la entropía. Cada aborto es un banquetazo, una batalla perdida de la humanidad, además de una subversión del orden del Creador. Por otro lado, sería atentar contra el imperio económico de la multinacional de la muerte, dado que muchas mujeres suelen dar un salto en la camilla y huir corriendo cuando se dan cuenta del error que iban a cometer. Si la mujer no está demasiado intoxicada por la propaganda, suele producirse un cambio de conciencia de manera instantánea. La consigna de que las mujeres no vean a su bebé en la pantalla del ordenador ni escuchen su latido proviene de la satánica International Panned Parenthood (IPPF), creada por la desequilibrada Margaret Sanger en los años cincuenta, tras asesorar a Hitler y hacer muy buenas migas con el Ku Klus Klan. La entidad lleva décadas asesorando a la ONU en esta materia. Y si bien el protocolo no es vinculante, ha sido aceptado por todos los estados laicistas. La IPPF lleva medio siglo reivindicando que los niños deben pertenecer al Estado y que deben ser estimulados sexualmente desde la cuna. Lo que está ocurriendo en el mundo no ocurrió de la noche a la mañana. El atanor del mal lleva años funcionando a toda mecha.
La noticia nos ha dado pie para incidir en el error del aborto e informar y denunciar a los magnates y ayudantes  de esta  industria abominable. El tráfico de bebés asesinados en los úteros de sus madres surte a la industria de cosméticos, de vacunas y a la propia ciencia, con la particularidad de que los científicos exigen que los fetos estén vivos. ¡Y en vivo les extraen los tejidos! Muchos de ellos provienen de abortos tardíos, es decir, a partir del quinto o sexto mes gestante, cuando la criatura es ya viable. La sórdida industria del aborto mueve al año millones de euros. Es la peor de las lacras humanas y el horror más execrable.
No nos cansaremos de dar la batalla, hablando claro y denunciando a los instigadores de este genocidio silencioso disfrazo de derecho y vendido como un avance social. Jamás utilizaremos el eufemismo “interrupción voluntaria del embarazo”; porque abortar no es interrumpir, es ponerle fin a una vida, es asesinar, por mucho que las leyes gestadas en parlamentos irresponsables, lo hayan hecho legal firmando con sangre.
Abortar no es progresista, por mucho que los que así se denominan digan lo contrario. Todas las constituciones y leyes sobre derechos humanos coinciden en postular que “todo individuo tiene derecho a una vida digna”. El aserto no tiene discusión y así se repite y reivindica. Pero, si ese derecho se defiende desde el momento mismo de la concepción, surgen los disidentes que cuestionan el comienzo de la vida humana, con definiciones científicas sobre el cigoto, el preembrión, la mórula o el blastocisto, argumentando sobre sobre la ley, la ciencia o el momento a partir del cual el feto es viable. Yo prefiero llamarle bebé en gestación, es decir, ser humano independiente compuesto de un alma inmortal y de un cuerpo al que solo hay que darle tiempo. Se trata, simplemente, de una etapa en la línea de la vida; la primera fase sin la cual no pueden ser posibles las demás. Por eso, en el aborto no puede haber excepciones.
Algunos sectores tildan de retrógrados a quienes defendemos la vida humana desde el instante de la concepción hasta la muerte natural. Arguyen que es una cuestión religiosa, sobre todo al referirse a los cristianos. Sin embargo, antes de la llegada del cristianismo, Hipócrates, considerado el padre de la medicina, condenaba el aborto, y actualmente existen activistas ateos que defienden la vida, por no hablar del propio Gandhi, icono de tantos progresistas. Más que una cuestión religiosa es un Problema personal, familiar, biológico, filosófico, político, jurídico y moral. Un Problema con mayúscula.
Los colectivos antivida han ido inoculando su veneno a las mujeres del mundo. Han tomado posiciones en la política y han ido consiguiendo despenalizar la muerte y aprobar leyes para matar legalmente. Para ello, se han valido de datos falsos y de encuestas fraudulentas. Así han hecho en Estados Unidos, confesado por el propio doctor Bernard Nathanson, apodado “el rey del aborto”, después de arrepentirse de todos sus crímenes, y así han continuado en el resto del mundo. Conocemos muy bien todas sus tácticas y estrategias.
Vivimos en una sociedad que a diario se mancha con la sangre de los inocentes. ¡Por culpa de los verdugos ejecutores y de los tibios y cobardes que permanecen silentes! Muy grave y muy triste todo.

Nota
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