La pasarela de alimañas en Davos es una vergüenza para la humanidad

Por Alfonso de la Vega
Ingeniero agrónomo, analista político y escritor

Distraídos aquí de lo importante con las reyertas tabernarias de los honrados políticos de la Monarquía, que previsoramente se han preparado un código penal a su medida, o con la deriva cómplice y pusilánime de Feijóo dispuesto a hacerse un merecido hueco en la coalición  frankenstein gobernante, ha vuelto otra vez la pesadilla de Davos como el mito de eterno retorno que decía Mircea Eliade.
Esta edición pos o entre plandémica, con provocada guerra en Europa incluida, puede constituir una especie de epitafio que acaso nos sirva para constatar el actual fracaso de la civilización occidental basada en Grecia, la Ilustración y el Cristianismo.
Siguen las amenazas, tan graves como la llamada Agenda 2030, convertida en nueva biblia de nuestros heroicos próceres mercenarios de cualquier disfraz, promocionada por visionarios malvados como los judíos invertidos Schwab y Harari, apoyadas y financiadas por los más filantrópicos oligarcas y plutócratas criminales, amén de los no menos ejemplares Partido Comunista chino o Demócrata americano. Presentada como el no va más de la filantropía, la pasarela de alimañas en Davos es una vergüenza para la humanidad.
Una de las moralejas que nos han deparado los últimos tiempos es la constatación que la plutocracia mundial ha abandonado la idea de la conveniencia de la democracia, siquiera en forma de simulacro con cartas marcadas de tahúr, como fuente de legitimación de su poder. El golpe de Estado mediante escandaloso fraude electoral en EE.UU., convertido hoy en una república bananera más, avalaría esta grave aseveración. Un modelo ya ensayado y perpetrado con éxito en el Reino de España y de plena actualidad en el ámbito hispanoamericano como estamos comprobando por última vez ahora en Brasil.
Y que busca nueva legitimidad en el logro de objetivos tecnocráticos mohatreros al servicio de la dictadura plutocrática global sin cortapisas de naciones, culturas o leyes. Tras milenios de civilización occidental, ahora, los poderosos nos quieren hacer creer que la terrorífica China comunista es el modelo.
El asunto no es nuevo y no es la primera vez que trato esto de Davos y el NOM. Hace siete años ya me preocupaba la deriva que estaban tomando entonces los acontecimientos y me hacía eco de lo que paradójicamente Davos significaba en los tiempos de La Montaña mágica del nobel Thomas Mann. Pues las siniestras reuniones del Foro Económico Mundial se celebran en Davos, la ciudad de mayor altitud de los Alpes suizos. Todo un acto político, costumbrista y social que durante algunas jornadas reúne a plutócratas, arribistas y políticos, poderosos verdaderos y figurantes, ambiciosas castas, doncellas de virgo remendado en edad de merecer, junto con miles de personas alrededor de la antigua montaña mágica glosada por Mann.

Hace ya mucho tiempo, en lo cronológico y en lo relativo a nuestra sensibilidad porque no en vano han acontecido muchas y terribles cosas desde entonces, Hans Castorp fue a visitar a su primo Joachim Ziessem en Davos, donde convalecía de una grave enfermedad en el sanatorio internacional Berghof. Pero no es el joven y sensible ingeniero hamburgués el actual visitante de Davos, sino toda una pléyade de gentes abigarradas que acompañan a los poderosos, y entre la que no faltan arribistas, putas, caballeros de mohatra, santiguabolsillos o arrebatacapas de varia condición: la cruel y despiadada nueva casta sacerdotal de los economistas que hacen pasar por ciencia sus teologías y supersticiones. O la no menos peligrosa secta de subvencionados ecologistas de diseño, fanáticos ignorantes o cómplices promotores del genocidio plutocrático.

Sí, la montaña mágica de Davos se ha convertido en parque temático donde abunda el pensamiento débil y se promueve la voluntad fláccida u obediente mediante el palo o la zanahoria.

Como el pobre Joachim, coprotagonista en la novela de Mann, la civilización occidental también sufre hoy una grave enfermedad de diagnóstico incierto y de terapias harto problemáticas, acaso fallidas, que también pueden derivar en fatales desenlaces.

Asistimos con esto de la posmodernidad y la posverdad al aparente fracaso actual, y al menos parcial, de los herederos del barón de Holbach y su famosa Moral universal,  obra estandarte en ese ámbito de la Ilustración y la Enciclopedia. Hans Castorp asiste, más como espectador que como protagonista, a la pugna ideológica entre Agostino Settembrini, masón descendiente de carbonarios italianos representante en la novela de la causa de las ciudades, del manchesterismo, de la explotación del tiempo, radicalmente enfrentado en sus debates con Naptha, judío converso, jesuita y partidario de la tradición católica. Formas diferentes de entender la civilización en todo caso, pero el debate actual de Davos supone la negación de la civilización como corolario del negar el alma al hombre; cada vez más asimilado a una variante del ganado con el que se puede hacer cualquier cosa, incluso experimentos genéticos o sacrificarlo. Es el transhumanismo, el hombre como robot, carente de derechos, esclavo como goyin de usar y tirar.

Frente a la actitud casi de violencia con la que el hombre quiere dar cuenta del mundo, a través de la ciencia y la técnica, incluso con aberraciones criminales como la de la Cuarta revolución industrial de Schwab, sería mejor la sabiduría y la verdad del arte, una de las posibles revelaciones del ser que las muestra para que pueda ser contemplada. El arte revela acontecimientos, abre diversos mundos, incluido el espiritual. Tal es la opinión de Heiddeger, que considera al artista como un intermediario con la realidad. El artista sería una especie de médium del ser que permite que se revele en su obra.

Uno de los momentos más sugestivos y emocionantes en la obra de Mann es la sesión de espiritismo donde se hace aparecer la sombra del primo Joachim, cuyos ojos dulces pero sombríos se dirigían interrogantes a Hans Castorp. Pero hay otras sombras muy importantes que se nos aparecen y nos hablan desde la metafísica, la cultura, los libros y el arte. Y que, como Antígona, nos instan a que nos defendamos, a que no nos dejemos avasallar por el despotismo y la tiranía.

En la crisis actual, aparece la mal enterrada y vieja tradición, paradójicamente identificada con las diferentes culturas nacionales, con los dasein heiddeguerianos de cada país, mejor o peor interpretada por los güelfos blancos o negros, los Dante, los Cervantes, los Joseph de Maistre, los Julius Evola, René Guénon, Yves d’Alveydre, Frithjof Schuon, María Zambrano o Xavier Zubiri; o, en la actualidad, Alain de Benoist o Alexander Dugin. Al igual que en la sesión citada, se debería escuchar y debatir su mensaje.

Si dejásemos hablar al arte, y nuestro presente problema de civilización se debiera más a la crisis metafísica que a lo meramente técnico, podríamos recoger el sabio mensaje genuinamente liberal cervantino; la desconfianza y advertencia contra los malos pastores que sustituyen a los lobos alimañas devora rebaños de El coloquio de los perros; los sabios consejos, remedo de los de Platón a Dion de Siracusa, de don Quijote a Sancho gobernador. No todo vale. La actividad humana y política deben estar sometidas a principios éticos y metafísicos de orden superior, que no pueden ser modificados por déspotas ni tiranos. Un modelo que siempre estará vigente porque representa el orden espiritual de las cosas. El hombre está hecho de pensamiento, voluntad y amor. Puede pensar lo verdadero o lo falso; puede querer el Bien o el Mal o puede amar la belleza o la fealdad. Lo insólito y preocupante es que las actuales élites dominantes hayan adoptado las segundas opciones e intenten imponerlas con mentiras, sangre y fuego.
Pero la Resistencia será, habrá de ser, en otro “Davos”, más parecido al de Mann y sus criaturas de ficción: el de las letras, la cultura y el arte. El mundo platónico de las ideas, encarnado en las diferentes tradiciones nacionales, hoy desacreditado y puesto en almoneda. Y al cabo, la necesidad de recuperar alguna forma de metafísica que nos permita sobrevivir, aunque sea en modo latente, a las actuales mortales amenazas que representan las feroces e insaciables alimañas de Davos.

 

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