• 1 julio 2022

Las feministas de género vuelven a escenificar su odio a los hombres

Magdalena del Amo

No sé si también este año querrán llegar a casa borrachas y solas, y si ya habrán conseguido la licencia para castrar a los hombres, ese delirio oculto que ya muestran a las claras. El lema elegido para esta ocasión es “Derechos para todas, todos los días. Aquí estamos las feministas”. Aparentemente no es chirriante si lo comparamos con los de años anteriores. En cualquier caso, el alboroto carnavalesco de hembristas gritonas que salen a la calle cada 8 de marzo mostrando la peor versión de sí mismas poco tiene que ver con la defensa de la mujer. Algunas incluso con burka y hiyab, que ya es el colmo, financiadas con nuestros impuestos y con la ayuda del falso filántropo George Soros a través de su archiconocida Open Society y alguna que otra organización sembradora de caos. Este aquelarre es una caricatura del movimiento primigenio en defensa de derechos justos e igualitarios. La manipulación y politización hasta extremos vergonzosos de esta “no igualdad” sino “desigualdad” a base de privilegios, incluso el de mentir, que reclaman para ellas –recordemos la ocurrencia de la que fuera vicepresidenta Carmen Calvo—, ha hecho que muchas demos la espalda a esta suerte de dionisiacas y nos enfrentemos con la pluma, la palabra y el voto a esa doctrina totalitaria y a sus voceras.

En el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, aparte de tener un recuerdo especial para las más de cien mujeres que fallecieron en el incendio de la empresa de camisas Triangle Shirtwaist de Nueva York, debido a una total carencia de seguridad en el trabajo –lo que dio origen a la celebración de este día—, y otro de solidaridad con las mujeres que sufren opresión, sobre todo en los países africanos y asiáticos, no está de más un poco de reflexión sobre lo que hoy significa –según las radicales— ser mujer liberada y, de paso, hacer un poco de historia y ver cuál es el origen de esta paranoia, y los ideólogos que la sustentan.

Nuestras predecesoras, a base de lucha y constancia, han ido desbrozando el camino hasta conseguir la total equiparación con el hombre. Sin embargo, esta igualdad soñada no ha llegado con el grado de pureza deseable. Concepción Arenal, Rosalía de Castro y Emilia Pardo Bazán –por citar a tres gallegas ilustres feministas—, se sentirían muy traicionadas con este esperpento del género que trufa toda nuestra actividad social. De estar vivas, las marginarían lo mismo que a Lidia Falcón. La lucha no era para que nos convirtiéramos en disminuidas que hay que tutelar y cuidar especialmente como si fuéramos medio bobas y tuvieran que regalarnos los puestos por cuota.

Nos han entregado un paquete “feminista” adulterado y contaminado con ideologías que tienen poco que ver con el avance de la mujer en la sociedad, y sí con teorías e ideas disparatadas, contranatura, gestadas en mentes desequilibradas con inclinaciones sexuales atípicas y desviadas, amén de conceptos errados sobre la familia. Suelo poner como ejemplo las vidas de los que he denominado iconos del disparate: Margaret Sanger, Margaret Mead, Alfred Kinsey, y toda una retahíla de excéntricos adalides de la Cultura de la Muerte, pero excéntricos influyentes en el mundo cultural y universitario de un sistema podrido, que deberían haber sido tratados por profesionales de la salud mental. El análisis de sus vidas, sobre todo, de sus infancias, nos puede dar pistas y conducirnos a conclusiones bastantes acertadas.

Todos estos personajes crecieron con carencias afectivas, problemas de abusos, de adicciones y otras conductas que influyen en la formación de la personalidad. Lo realmente lamentable es que la ideología de género, tan jaleada en la actualidad y elevada a sacramento político de obligado cumplimiento, tiene su germen en los delirios de personajes de este jaez, en los cuales bebieron después tres mujeres que habrían de configurar la ideología que hoy sufrimos: Germaine Greer, que a través de la revolución sexual propone un cambio de sociedad; Kate Millet, autora del concepto de patriarcado como modelo de opresión a la mujer; y Shulamith Firestone que aglutina el pensamiento de las anteriores y crea la dialéctica del sexo, como ideología postmarxista. A partir de aquí se identifica el feminismo con el amor libre, la contracepción, la despenalización del aborto, o la reproducción artificial, convirtiendo así toda la política en política sexual. (Curiosamente, Germaine Greer, tras luchar toda su vida por la implantación del feminismo radical, en su último libro Sexo y destino abandona sus ideas radicales y propone la maternidad, la familia y el control de los instintos).

En nuestra sociedad decadente, en la que agonizan los valores que nos conformaron, el patrón de la mujer liberada y segura de sí misma –ahora está de moda el término empoderada—se da por hecho que mujer liberada es la que aborta, la que es infiel, la que cambia de pareja, la que practica el poliamor, la que promueve el odio a los hombres, la que defiende una ley injusta que discrimina a su padre, a su hermano, a sus hijos varones, y a todos los hombres del mundo. Es para sentir rabia y pena a la vez. Una mujer así demuestra acarrear una pesada mochila con muchos traumas que resolver y, por tanto, es digna de lástima. Al juntarse en grupo, se potencian estos sentimientos de aversión hacia el hombre convirtiéndolas en hembras a medio evolucionar, que ignoran lo que es ser mujer, y funcionan en manada. Otras lo hacen por conveniencia social o política o por puro efecto contagio. Una persona que arrastra un sentimiento de odio –la mayoría de las veces inconsciente—, cuyo origen puede ser la infancia o incluso los ancestros— es muy fácilmente manipulable. Está claro que mujeres así, tan alteradas, tan enfadadas siempre, viviendo e instilando odio al hombre, deben haber crecido en un entorno dificultoso, sin amor, en familias poco amorosas o desestructuradas. Quizá los hombres las han querido poco. Habría que hacer una encuesta a ver cuántas de las que irán con la pancarta el día 8 de marzo aman y se sienten amadas incondicionalmente. El AMOR es incompatible con el ODIO, y estas mujeres proyectan al mundo su propia película, y esta está formada por sus propios fotogramas. La manifestación del día 8 de marzo, aparte de un acto político, es una proyección de odio.

Insisto en que estamos ante una ideología totalitaria, una de las mayores perversiones sociales, que ha contaminado el espectro político, un tema tabú sobre el que solo se puede discrepar en privado, porque hacerlo en público es una candidatura a la lapidación. Basta ya de vivir en la mentira, de “comerles” el coco a las mujeres normales –la mayoría de las mujeres lo son—. Que dejen ya de aleccionar a las mujeres con sus “chochocharlas”, sus programas de masturbación bajo el eufemismo de autoamor, y sus “shower sex”, para que aprendan a utilizar bolas vaginales, lubricantes y vibradores. Las feministas radicales proyectan sus disfunciones sexuales en el resto de la sociedad. Por eso hablan continuamente de sus cuerpos y del empoderamiento desde sus genitales, maldiciendo la testosterona. ¡Qué vergüenza que nuestros niños y adolescentes tengan que vivir en este ambiente tóxico! Pero es lo que hay. Es el ideario y la intelectualidad de la entrepierna.

Pero todo esto tiene una intención aviesa, y aquí abro un nuevo frente. Desde estos chiringuitos subvencionados, se está realizando un gran esfuerzo en el fomento de la homosexualidad desde la infancia. Es el viejo sueño de la International Planned Parenthood (IPPF) y así consta en sus manuales de hace cincuenta años. Por eso diseñan programas perniciosos para robarles la inocencia a nuestros niños, confundirlos y desviarlos de su inclinación sexual natural. En cuanto a las mujeres, también se está dando rango de naturalidad a la bisexualidad y al lesbianismo. En los últimos años se está promocionando la bisexualidad abiertamente. Las celebrities suelen decir públicamente que “se enamoran de la persona, no del sexo” y, por tanto, les da igual tener novio que novia. El mensaje que se quiere enviar es que practicando el lesbianismo y el autoamor la mujer sea más libre, se emancipe, y no tenga necesidad de ningún hombre para tener relaciones sexuales plenas. El amor y el componente espiritual en el sexo no cuentan para ellas. Por eso adoctrinan también a nuestras adolescentes sobre el “no al amor romántico” porque es posesivo y patriarcal. Decir desequilibradas es poco, porque es más que eso. Es la locura en estado puro. Y es que en esta guerra de sexos entre hombres y mujeres que han diseñado –siguiendo el patrón marxista, como hemos expresado—, el fin último es la destrucción de la sociedad, y para ello tienen que destruir el psiquismo masculino, creando un ser que deambule por la vida “acojonado”, arrastrando un complejo de culpa por su “gen del maltrato” –Carmena dixit—, porque ya no sabe qué hacer, ni que decir. Esta pesadilla está aquí y no conocemos aún el final.

Psicóloga, periodista, escritora

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